Pasamos gran parte de nuestra vida creyendo que prosperar es ganar.
Ganar más dinero.
Ganar más seguidores.
Ganar más propiedades.
Más negocios.
Más resultados.
Más velocidad.
Y sin darnos cuenta empezamos a medir nuestra vida como si fuera un Excel.
Cuánto entró.
Cuánto salió.
Cuánto crecimos.
Cuántos nos escribieron.
Cuántos metros avanzamos.
Todo números.
El problema es que hay cosas que las métricas no saben medir.
No saben medir dormir en paz.
No saben medir despertarte con energía.
No saben medir una charla con tu hijo.
No saben medir una caminata en silencio.
No saben medir sentir que Dios está con vos.
Porque prosperar no siempre es ganar.
Prosperar puede ser tener tiempo libre.
Tener salud.
Una familia.
Sentir entusiasmo un lunes.
Sentarte frente al mar y sentir que no te falta nada.
La vida me mostró algo raro.
Conocí momentos donde tenía muy poco y me sentía libre.
Y también conocí momentos donde tenía mucho más y me sentía preso.
Por eso empecé a sospechar que el verdadero éxito no era llegar a un número.
Era llegar a una frecuencia.
Y creo que una de las cosas más difíciles de esta vida no es trabajar.
No es emprender.
No es entrenar.
Lo más difícil es confiar en los procesos que Dios te pone adelante.
Porque nuestra mente quiere controlar todo.
Quiere entender.
Quiere saber:
¿Voy bien?
¿Voy mal?
¿Cuándo llega?
¿Por qué a otros les pasa antes?
¿Por qué este camino?
¿Por qué tan lento?
Y mientras más miedo tenemos, más preguntas hacemos.
Queremos garantías.
Queremos mapas.
Queremos certezas.
Pero la fe funciona distinto.
La fe muchas veces es caminar sin entender demasiado.
Seguir avanzando aunque todavía no tengas todas las respuestas.
Y entendí algo leyendo Job:
El problema no es preguntar.
El problema es vivir cuestionándolo todo porque ahí deja de existir confianza.
Y cuando no hay confianza aparece el miedo.
Y cuando aparece el miedo empezamos a empujar la vida.
A perseguir.
A controlar.
A tensarnos.
Pero cuando uno empieza a entregarse ocurre algo raro.
Aparece valentía.
Desaparece un poco el temor.
Y empezás a caminar distinto.
No porque entendés más.
Sino porque confiás más.
Los animales hacen algo que nosotros perdimos.
No viven calculando dentro de su cabeza si mañana faltará comida.
No viven con una planilla mental abierta.
Simplemente viven.
Confían.
Se mueven.
Avanzan.
Y no digo con esto que haya que ser irresponsables, gastar sin sentido o vivir sin orden.
Pero hay una diferencia enorme entre organizar la vida y vivir dominado por el miedo.
Porque muchas veces el exceso de control es solamente una forma elegante de decir:
“No confío.”
Y quizás por eso el propósito nunca aparece completo.
No viene con GPS.
No viene con un mapa.
No viene con una garantía.
Se siente.
Es una intuición.
Una dirección.
Sabés que hay algo hacia allá.
Y empezás a caminar.
Porque al final entendí algo:
El destino tal vez lo sentimos nosotros.
Pero el camino muchas veces lo construye Dios.
Y ahí está el desafío más difícil de todos:
Seguir caminando sin querer controlar cada paso.
Confiar.
Y dejar fluir.

