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Vivir antes de morir

Vivir antes de morir

Hay un pensamiento que, tarde o temprano, nos visita a todos.

No siempre llega con tristeza.

A veces aparece en silencio.

Mientras manejamos.

Mientras miramos a nuestros padres envejecer.

Mientras vemos crecer a nuestros hijos.

O simplemente una noche, cuando la casa queda en silencio.

Y de golpe entendemos una verdad que siempre estuvo ahí:

Un día nos vamos a morir.

No es un pensamiento agradable.

Pero quizás sea uno de los más importantes.

Porque cuando recordamos que la vida es finita, muchas de las preocupaciones que parecían gigantes empiezan a perder fuerza.

¿Cuántas veces nos quitamos el sueño por cosas que un año después ya ni recordábamos?

¿Cuántas discusiones, miedos o fracasos nos hicieron sufrir durante meses para terminar descubriendo que no cambiaban el rumbo de nuestra vida?

Vivimos como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

Y, sin embargo, nadie sabe cuánto tiempo le queda.


Hay otra pregunta que también aparece.

¿Estoy viviendo… o simplemente estoy ocupando mis días?

Muchos tenemos la agenda llena.

Trabajamos.

Entrenamos.

Respondemos mensajes.

Miramos el celular.

Planificamos.

Corremos de un lado al otro.

Pero estar ocupado no significa estar vivo.

Se puede vivir años enteros en piloto automático.

Esperando que llegue el próximo fin de semana.

Las próximas vacaciones.

El próximo negocio.

La próxima etapa.

Y cuando esa etapa llega, aparece otra.

Y otra.

Y otra.

Hasta que un día descubrimos que siempre estuvimos preparando la vida… pero pocas veces la vivimos.


Existe otra trampa.

Pensar que cuando logremos cierto objetivo vamos a sentirnos completos.

«Cuando gane más dinero.»

«Cuando tenga esa casa.»

«Cuando me jubile.»

«Cuando mis hijos sean grandes.»

«Cuando tenga tiempo.»

Pero la experiencia demuestra algo curioso.

Muchas personas consiguen exactamente lo que soñaban… y aun así sienten un vacío que no saben explicar.

Porque el vacío no siempre nace de la falta de cosas.

A veces nace de la falta de sentido.

Y entonces empezamos a preguntarnos:

¿Cuál es mi propósito?


Esperamos una respuesta extraordinaria.

Como si un día despertáramos sabiendo exactamente qué hacer con nuestra vida.

La Biblia rara vez muestra un camino así.

Abraham salió sin conocer el destino.

David fue elegido muchos años antes de convertirse en rey.

Los discípulos siguieron a Jesús sin entender todo el plan.

Dios, muchas veces, no revela el mapa completo.

Solo ilumina el próximo paso.

Quizás el propósito no sea una meta escondida que algún día encontraremos.

Quizás el propósito también sea aprender a caminar con Dios mientras el camino se va revelando.


Y entonces apareció una pregunta que me dejó pensando durante horas.

Si hoy tuvieras la vida económica completamente resuelta… ¿qué harías?

No dentro de veinte años.

Hoy.

¿Seguirías haciendo exactamente lo mismo?

¿Te levantarías a la misma hora?

¿Trabajarías igual de duro?

¿Construirías los mismos proyectos?

¿O empezarías a viajar?

¿Leerías más?

¿Harías deporte?

¿Pasarías más tiempo con tu familia?

¿Conocerías el mundo?

¿Aprenderías cosas nuevas?

Ahora llevemos la pregunta un paso más allá.

Si supieras que te quedan solamente diez años de vida… ¿cómo elegirías vivirlos?

No para gastar sin sentido.

No para abandonar toda responsabilidad.

Sino para preguntarte qué es verdaderamente importante.

Porque quizás esas respuestas revelan algo que hace mucho tiempo dejamos de escuchar.

Tal vez estamos trabajando para comprar una libertad… que nunca nos permitimos vivir.

Tal vez estamos esperando el momento ideal para disfrutar… y ese momento nunca llega.

Tal vez estamos tan ocupados construyendo el futuro, que el presente se nos está escapando entre las manos.

Y quizás la pregunta más difícil no sea:

«¿Qué haría si tuviera más dinero?»

Sino:

«¿Por qué no estoy viviendo un poco más como realmente quiero vivir, con lo que ya tengo hoy?»


También confundimos libertad con descanso.

Muchos pensamos:

«Si tuviera resuelta la vida económica, dejaría de trabajar.»

Pero quizás no sea tan simple.

Tal vez descansaríamos un tiempo.

Viajaríamos.

Conoceríamos lugares.

Disfrutaríamos de nuestra familia.

Leeríamos.

Haríamos deporte.

Y después…

Probablemente volveríamos a crear.

Porque el ser humano no fue diseñado solamente para consumir experiencias.

También necesita construir.

Servir.

Aprender.

Compartir.

El problema no suele ser el trabajo.

El problema es trabajar únicamente por obligación, miedo o preocupación.


Jesús hizo una pregunta que atraviesa los siglos.

«¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?»

No dijo que estuviera mal prosperar.

La pregunta es otra.

¿En qué momento dejamos de disfrutar el camino porque estamos obsesionados con llegar?

¿En qué momento el futuro empezó a robarnos el presente?

¿Cuántas veces dejamos de abrazar a quienes amamos porque estábamos demasiado ocupados resolviendo problemas?

¿Cuántos atardeceres dejamos pasar pensando en la próxima meta?


Quizás la verdadera riqueza no sea tener más.

Quizás sea levantarse con paz.

Poder mirar un amanecer sin pensar en el reloj.

Conversar con un hijo sin revisar el teléfono.

Abrazar a la persona que amamos sin que la cabeza esté resolviendo problemas.

Trabajar porque elegimos hacerlo.

No porque el miedo nos empuja.

Viajar porque disfrutamos descubrir el mundo.

No porque intentamos llenar un vacío.


Tal vez el propósito no sea encontrar una única misión espectacular.

Tal vez el propósito sea aprender a caminar cada día con un corazón despierto.

Agradeciendo lo que ya existe.

Construyendo con ilusión.

Amando más.

Preocupándonos menos.

Y recordando que la vida no empieza cuando resolvamos todos nuestros problemas.

La vida está pasando ahora.

La muerte, tarde o temprano, llegará para todos.

Y justamente por eso, quizás la pregunta más importante no sea cuánto dinero logramos ganar, cuántos bienes acumulamos o cuántos proyectos concretamos.

Quizás la pregunta sea mucho más simple.

Cuando llegue ese día… ¿podremos decir que realmente vivimos?

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