Siempre tuve una facilidad muy particular para conectar con personas bastante más grandes que yo. No sé por qué, pero desde chico me pasó. Siempre me sentí cómodo escuchando gente con muchos años de experiencia y, curiosamente, ellos también siempre me abrieron las puertas. Fue algo recíproco.
Hace un tiempo empecé a compartir muchas charlas con una persona que tiene aproximadamente treinta y cinco años más que yo. La verdad es que la admiro muchísimo.
Y no la admiro solamente por todo el dinero que hizo o por el patrimonio que construyó.
La admiro por cómo lo hizo.
Es una persona que se cayó varias veces y volvió a levantarse. Que creó empresas, las hizo crecer, se reinventó cuando tuvo que hacerlo y volvió a empezar más de una vez. Formó una familia hermosa y, además de todo eso, hoy tiene más de setenta años y sigue teniendo una energía increíble.
Hace natación, camina, anda en bicicleta, hace pesas, todos los días se mueve.
Se cuida.
Tiene una cabeza brillante y un cuerpo que muchos de cuarenta envidiarían.
Y eso, sinceramente, me inspira tanto o más que su éxito económico.
Hace unos días, mientras hablábamos, me pasó algo que me hizo reflexionar muchísimo.
Viste esos días donde uno siente ansiedad por avanzar.
Donde querés que las cosas pasen más rápido.
Donde sentís que todavía te falta mucho.
Bueno… yo estaba en uno de esos días.
Entonces empecé a pensar en todo lo que este hombre había logrado.
Y automáticamente apareció esa comparación que a veces nos hacemos todos.
Sentí que estaba lejísimos de donde él estaba.
Pero de golpe hice una cuenta muy simple.
Yo realmente empecé mi vida empresarial alrededor de los veinticinco años.
Antes trabajé, viajé, hice deporte, aprendí muchísimo, me formé, tuve experiencias que hoy agradezco profundamente, pero el verdadero proceso de construir mi patrimonio, mis empresas y mi carrera empezó aproximadamente a esa edad.
Hoy tengo poco más de cuarenta.
Eso significa que llevo unos quince o diecisiete años construyendo.
Nada más.
Y de repente miré a esta persona otra vez y pensé…
“Claro… él tiene treinta y cinco años más de carrera que yo.”
Treinta y cinco años más tomando decisiones.
Treinta y cinco años más equivocándose.
Treinta y cinco años más aprendiendo.
Treinta y cinco años más invirtiendo.
Treinta y cinco años más construyendo relaciones.
Treinta y cinco años más produciendo.
¿Cómo no va a haber tanta diferencia?
Entonces la comparación dejó de tener sentido.
Porque yo estaba comparando mis primeros quince años con los cincuenta años de construcción de otra persona.
Y ahí sentí una paz enorme.
Porque si en quince o diecisiete años fui capaz de lograr todo lo que logré…
¿qué podría construir en los próximos treinta y cinco?
La verdad es que no es poco lo que hice.
A veces uno se olvida.
A veces uno mira solamente lo que todavía le falta y deja de valorar todo el camino recorrido.
Me acordé de cuando tenía dieciocho años.
Si alguien en ese momento me hubiera dicho que iba a lograr apenas un diez por ciento de lo que logré hasta hoy, le firmaba cualquier papel.
Porque en ese momento hasta pensar en tener una casa propia parecía algo imposible.
Y, sin darme cuenta, la vida me fue llevando mucho más lejos de lo que aquel chico podía imaginar.
Entonces entendí que hoy me estaba pasando exactamente lo mismo.
Estaba mirando a alguien que lleva treinta y cinco años más construyendo y creyendo que yo ya debería estar ahí.
Qué injustos somos con nosotros mismos.
Pero esta reflexión fue todavía un poco más profunda.
Porque hoy ya no pienso solamente en el dinero.
Obviamente quiero seguir creciendo.
Quiero construir empresas.
Quiero generar riqueza.
Quiero ayudar a mucha más gente.
Pero, sobre todo, quiero llegar a los setenta y cinco u ochenta años en mi mejor versión.
Quiero ser un animal fisicamente.
Quiero que, si hay que correr una maratón, pueda correrla.
Si hay que hacer un trail en la montaña, pueda hacerlo.
Quiero tener mis articulaciones sanas.
Quiero conservar masa muscular.
Quiero tener energía.
Quiero seguir aprendiendo.
Quiero que la gente diga: “Mirá cómo llega este tipo a su edad.”
Porque esa también es una forma de riqueza.
Y mientras escribo esto también entiendo que los primeros quince años de mi carrera ya cumplieron un ciclo.
Fueron los años donde aprendí a vender.
Donde aprendí a trabajar.
Donde construí mi patrimonio.
Donde cometí muchísimos errores.
Donde entendí cómo funciona el mundo de los negocios.
Pero hoy siento que empezó otra etapa.
Me vine a vivir a otro país.
No fue solamente una mudanza.
Fue un cambio de mentalidad.
Siento que estoy empezando un segundo o tercer gran ciclo de mi vida.
Estoy rodeándome de personas que juegan un juego mucho más grande que el mío.
Estoy aprendiendo cómo piensa gente que está muy por encima de mí.
Estoy intentando elevar mi forma de ver los negocios, las inversiones y la vida.
Y cada conversación me demuestra que el verdadero crecimiento empieza primero en la cabeza.
Estoy aprendiendo que no se trata de perseguir desesperadamente las oportunidades.
Se trata de convertirse en la persona capaz de atraerlas.
No se trata de correr detrás del dinero.
Se trata de construir el nivel de conciencia, de disciplina, de credibilidad y de valor para que ese dinero quiera llegar a vos.
Y eso lleva tiempo.
Mucho tiempo.
Por eso esta reflexión me regaló algo que hacía varios días necesitaba.
Me bajó la ansiedad.
Pero, al mismo tiempo, me dio todavía más fuerza para seguir.
Porque entendí que no estoy llegando tarde.
Al contrario.
Si Dios me da vida, todavía me quedan treinta y cinco años para seguir construyendo o mas.
Treinta y cinco años para equivocarme.
Treinta y cinco años para aprender.
Treinta y cinco años para reinventarme.
Treinta y cinco años para servir.
Treinta y cinco años para convertirme en ese hombre que hoy admiro.
Y quién sabe…
Tal vez, dentro de treinta y cinco años, algún joven se siente a tomar un café conmigo, me mire con la misma admiración con la que hoy yo miro a este hombre, y piense exactamente lo mismo que pensé yo ese día:
“Qué increíble todo lo que logró.”
Y yo, sonriendo, probablemente le responda:
“No fue de un día para el otro. Fueron 50 años de seguir caminando, incluso cuando parecía que no avanzaba.”

