Durante mucho tiempo pensé que para cambiar mi vida tenía que cambiar las cosas que estaban afuera.
Ganar más.
Tener más.
Cambiar de trabajo.
Cambiar de ciudad.
Mejorar mi cuerpo.
Encontrar nuevas personas.
Conseguir nuevas oportunidades.
Hoy empiezo a entender algo diferente.
La mayoría de los cambios importantes de nuestra vida empiezan mucho antes de que podamos verlos.
Empiezan adentro.
Porque antes de una acción hubo una palabra.
Antes de una palabra hubo un pensamiento.
Y antes de ese pensamiento hubo algo todavía más profundo:
una elección acerca de quién queremos ser.
Pero incluso antes de elegir, hay algo que tenemos que aprender.
Aceptar.
Aceptar no es resignarse
Nos cuesta muchísimo aceptar.
Cuando algo no sale como queríamos, inmediatamente aparece una pelea interna:
“Esto no tendría que haber pasado.”
“Yo no debería estar viviendo esto.”
“Esto es injusto.”
“¿Por qué a mí?”
Pero hay un problema.
Ya está pasando.
Podés odiarlo.
Podés negarlo.
Podés enojarte.
Podés pasarte meses deseando que hubiera sido diferente.
Pero sigue siendo lo que es.
Aceptar no significa que te guste.
Tampoco significa que quieras permanecer ahí.
Aceptar significa simplemente reconocer:
“Esta es mi realidad en este momento.”
Y hay una libertad enorme cuando dejamos de discutir con la realidad.
Porque recién entonces podemos preguntarnos:
“Ahora que esto es así, ¿quién quiero ser frente a esto?”
Ahí empieza nuevamente nuestro poder.
No aceptamos para quedarnos.
Aceptamos para poder partir.
Quizás necesitábamos conocer lo contrario
Hay otra idea que me resulta fascinante.
¿Cómo podríamos saber qué significa la luz si jamás hubiéramos conocido la oscuridad?
¿Cómo experimentaríamos la paz si nunca hubiéramos atravesado un conflicto?
¿Cómo podríamos sentirnos valientes si jamás hubiéramos sentido miedo?
¿Cómo sabríamos qué significa libertad si nunca hubiéramos sentido que estábamos atrapados?
Necesitamos contraste.
Quizás algunas de las experiencias que más rechazamos son justamente las que nos permiten descubrir qué queremos experimentar.
El miedo nos permite experimentar valentía.
La dificultad puede permitirnos descubrir fortaleza.
La escasez puede hacernos comprender qué significa realmente prosperidad.
La soledad puede enseñarnos qué significa compañía.
El conflicto puede hacernos valorar profundamente la paz.
Esto no significa que tengamos que buscar sufrimiento.
Significa que cuando aparezca, podemos dejar de preguntarnos solamente:
“¿Por qué me pasa esto?”
y empezar a preguntarnos:
“¿Quién quiero ser frente a esto que me está pasando?”
Esa pregunta cambia todo.
¿Qué querés experimentar?
Nos pasamos la vida diciendo lo que queremos tener.
Quiero una casa.
Quiero dinero.
Quiero una pareja.
Quiero un determinado cuerpo.
Quiero viajar.
Quiero éxito.
Pero pocas veces nos preguntamos:
¿Qué quiero experimentar a través de todo eso?
Quizás no querés solamente dinero.
Querés libertad.
Quizás no querés solamente una casa.
Querés pertenencia, tranquilidad, familia.
Quizás no querés solamente viajar.
Querés aventura, descubrimiento, sentirte vivo.
Quizás no querés solamente una pareja.
Querés amor, intimidad, compañía.
Entonces la pregunta deja de ser:
“¿Qué quiero tener?”
y pasa a ser:
“¿Qué quiero experimentar?”
Y después aparece una pregunta todavía más importante:
“¿Quién tengo que SER para experimentar esa vida?”
Ahí empieza la creación.
El pensamiento es el primer nivel
Pensamos todo el día.
Pero casi nunca escuchamos nuestros pensamientos.
Queremos prosperidad mientras pensamos:
“No alcanza.”
“No puedo.”
“Hay que cuidar porque mañana puede faltar.”
Queremos libertad mientras pensamos:
“No puedo dejar esto.”
“No tengo opción.”
Queremos amor mientras pensamos:
“Siempre me terminan lastimando.”
Queremos cambiar mientras seguimos diciendo:
“Yo soy así.”
Y después pretendemos crear una realidad diferente.
Hay una contradicción.
Deseamos una cosa mientras mentalmente sostenemos otra.
Por eso quizás el primer gran ejercicio de conciencia sea aprender a observar lo que pensamos.
Y preguntarnos:
¿Este pensamiento pertenece a la persona que quiero seguir siendo o a la persona en la que quiero convertirme?
No todo pensamiento merece convertirse en una creencia.
Porque hay algo extraordinario:
vos podés observar tus pensamientos.
Y si podés observarlos, significa que no sos simplemente ellos.
Podés decidir cuáles alimentar.
Después aparece la palabra
El pensamiento todavía es invisible.
Pero cuando hablamos, empieza a tomar forma.
Escuchate durante un día.
“No puedo.”
“No tengo plata.”
“No tengo tiempo.”
“Estoy destruido.”
“Todo me cuesta.”
“Siempre me pasa lo mismo.”
“Es imposible.”
Repetimos frases durante años y después terminamos creyendo que describen quiénes somos.
Y acá hay algo importante.
No se trata de mentir.
Si estás atravesando una dificultad, reconocerla es saludable.
Pero no es lo mismo decir:
“Estoy atravesando un momento difícil.”
que decir:
“Mi vida es un desastre.”
La primera frase describe una circunstancia.
La segunda empieza a definir una identidad.
Podés reconocer perfectamente tu presente y decir:
“Esto es lo que estoy viviendo hoy, pero esto no determina necesariamente lo que voy a vivir mañana.”
También es verdad.
No hace falta mentir para hablar diferente.
Hace falta dejar de utilizar nuestra palabra para confirmar permanentemente aquello que queremos transformar.
Y después llega la acción
Acá se termina cualquier filosofía bonita.
Porque puedo pensar que quiero salud.
Puedo decir que quiero salud.
Pero después tengo que observar qué hago con mi cuerpo.
Puedo decir que quiero amor.
Pero tengo que observar cómo trato a las personas que amo.
Puedo decir que quiero prosperidad.
Pero tengo que observar cómo reacciono frente al dinero, las oportunidades y la incertidumbre.
Puedo decir que quiero libertad.
Pero tengo que mirar si las decisiones que tomo todos los días están construyendo libertad o una nueva prisión.
Entonces aparece una pregunta que intento hacerme cada vez más:
¿Estoy tomando esta decisión desde el miedo o desde la conciencia?
Porque dos personas pueden hacer exactamente lo mismo desde lugares completamente diferentes.
Una persona puede guardar dinero aterrada porque piensa que nunca volverá a generarlo.
Otra puede guardar exactamente el mismo dinero porque tiene un proyecto y decidió conscientemente hacerlo.
Desde afuera hicieron lo mismo.
Por dentro ocurrió algo completamente diferente.
Prosperidad no significa gastar.
Libertad no significa hacer cualquier cosa.
Amor no significa permitir cualquier cosa.
Aceptación no significa resignación.
La pregunta siempre es:
¿Desde dónde estoy eligiendo?
Primero SER
Y acá encontré quizás la idea que más me movilizó.
Durante años creemos que el proceso funciona así:
Cuando tenga dinero, voy a sentirme próspero.
Cuando tenga tiempo, voy a ser libre.
Cuando desaparezcan mis problemas, voy a estar en paz.
Cuando consiga determinada cosa, voy a ser feliz.
Siempre esperamos que algo externo ocurra para autorizarnos a experimentar internamente aquello que buscamos.
¿Y si fuera al revés?
¿Y si primero tuviera que decidir quién quiero ser?
Primero SER.
Después PENSAR desde ese ser.
Después HABLAR desde ese ser.
Después ACTUAR desde ese ser.
Y finalmente empezar a EXPERIMENTAR una realidad coherente con esa forma de vivir.
No significa que por pensar algo mágicamente vaya a aparecer.
Significa algo mucho más profundo:
mi realidad empieza a transformarse cuando dejo de contradecir con mis pensamientos, mis palabras y mis acciones aquello que digo que quiero crear.
El amor también es aceptación
Y quizás acá esté uno de los aprendizajes más difíciles.
Estamos acostumbrados a amar solamente aquello que nos gusta.
Amamos lo que consideramos bueno.
Rechazamos lo que consideramos malo.
Pero tal vez amar de una manera más profunda también implique aceptar la existencia de aquello que no elegiríamos.
No significa aprobarlo.
No significa permitirlo.
No significa quedarnos ahí.
Puedo poner límites.
Puedo alejarme.
Puedo decir que no.
Puedo elegir otra cosa.
Pero quizás pueda hacerlo sin odio.
Puedo mirar algo y decir:
“Esto existe. No lo elijo para mi vida. Pero no necesito destruirlo para poder elegir algo diferente.”
Eso también es libertad.
Entonces quizás crear sea esto
No controlar el mundo.
No conseguir que absolutamente todo salga como queremos.
No repetir frases positivas esperando que el universo haga nuestro trabajo.
Quizás crear conscientemente nuestra vida sea mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil:
ACEPTAR lo que hoy es.
ELEGIR qué queremos experimentar.
DECIDIR quién queremos ser.
PENSAR en coherencia con esa elección.
HABLAR en coherencia con ese pensamiento.
ACTUAR en coherencia con esa palabra.
Y después permitirnos experimentar las consecuencias.
Aceptar.
Elegir.
Pensar.
Hablar.
Actuar.
Experimentar.
Y volver a empezar.
Porque la vida permanentemente nos vuelve a preguntar quién queremos ser.
Y quizás la pregunta más importante no sea:
“¿Cómo consigo la vida que quiero?”
Quizás sea:
“La vida que digo que quiero crear… ¿es coherente con la persona que estoy siendo hoy?”
Y si la respuesta es no, no pasa nada.
No necesitás cambiar toda tu vida hoy.
Empezá por algo mucho más pequeño.
Elegí nuevamente quién querés ser.
Y hacé que tu próximo pensamiento, tu próxima palabra y tu próxima acción estén un poco más cerca de esa persona.
Quizás así empiece todo.

