¿De qué sirve trabajar toda una vida para construir algo si nunca te permitís disfrutar de lo que construiste?
Tomando un café con Jesús — Viviendo Libres
Hoy, mientras tomaba mi café de la mañana, retomé la lectura de la Biblia. Llegué a Eclesiastés, capítulo 3.
Y me encontré con una pregunta que me hizo detenerme.
«¿Qué es lo que en verdad gana la gente a cambio de tanto trabajo?»
La leí una vez. Después otra.
Y pensé en todas las personas que conozco. Empresarios, emprendedores, profesionales, trabajadores. Personas que llevan veinte, treinta o cuarenta años levantándose temprano, sacrificándose, construyendo, persiguiendo objetivos y tratando de conseguir una vida mejor.
También pensé en mí.
Porque durante muchos años mi vida estuvo muy relacionada con producir, crecer, hacer negocios, ganar dinero, comprar propiedades, construir patrimonio y alcanzar nuevos objetivos.
Y no me arrepiento.
El trabajo me permitió conseguir muchísimas cosas. Me dio experiencias, oportunidades, aprendizajes y una libertad que valoro enormemente.
Pero hay algo que nunca me había preguntado de esta manera:
¿En qué momento uno se permite disfrutar de todo lo que trabajó para conseguir?
Hay un tiempo para todo
Eclesiastés 3 comienza con una enseñanza maravillosa:
«Hay una temporada para todo, un tiempo para cada actividad bajo el cielo».
Y después empieza a describir los distintos momentos de la vida.
Un tiempo para nacer y otro para morir.
Un tiempo para sembrar y otro para cosechar.
Un tiempo para llorar y otro para reír.
Un tiempo para buscar y otro para dejar de buscar.
Un tiempo para guardar y otro para desechar.
Un tiempo para callar y otro para hablar.
Y mientras lo leía pensaba en la sociedad en la que vivimos.
Parece que para nosotros solamente existe un tiempo.
El tiempo de producir.
Hay que crecer, facturar, expandirse, invertir, hacer más negocios, conseguir más clientes, ganar más dinero.
Y cuando alcanzás un objetivo, inmediatamente aparece otro.
Si ganabas diez, ahora tenés que ganar veinte.
Si ganabas veinte, ahora tenés que ganar cincuenta.
Si tenés una casa, querés una más grande.
Si tenés un auto, querés uno mejor.
Y así podemos pasarnos la vida entera.
No porque esté mal querer progresar.
A mí me encanta emprender, crear empresas, desarrollar proyectos y ganar dinero. Y quiero seguir haciéndolo.
Pero empecé a preguntarme algo:
¿Quién decidió que todos los momentos de nuestra vida tienen que ser momentos de crecimiento económico?
¿Quién dijo que dedicar un año a tu familia, a tu salud, a tu espiritualidad o a descubrir tu propósito significa estar perdiendo el tiempo?
¿Quién dijo que si un mes no facturaste, ese mes no valió la pena?
Tal vez nos acostumbramos tanto a medir la vida por los resultados que dejamos de reconocer el valor de vivirla.
La pregunta que me cambió la lectura
Unos versículos después, Eclesiastés pregunta:
«¿Qué es lo que en verdad gana la gente a cambio de tanto trabajo?»
Y al principio no entendía la respuesta.
Porque, si lo pensamos desde nuestra mentalidad habitual, parece bastante sencilla.
¿Qué ganamos trabajando?
Dinero.
Propiedades.
Seguridad.
Comodidades.
Reconocimiento.
La posibilidad de elegir.
Y todo eso tiene valor.
Pero Eclesiastés está haciendo una pregunta mucho más profunda.
No está preguntando cuánto dinero podemos ganar.
Está preguntando qué ganamos verdaderamente con todo nuestro esfuerzo, cuando sabemos que la vida pasa, que no podemos controlar el futuro y que nada de lo que acumulamos puede detener el tiempo.
Podés trabajar durante treinta años para construir una empresa enorme.
Podés tener cien empleados, varias propiedades, autos, inversiones y una cuenta bancaria extraordinaria.
Pero si durante esos treinta años nunca tuviste tiempo para tus hijos, para tu pareja, para tus amigos, para cuidar tu cuerpo o simplemente para sentarte a disfrutar un café…
¿Qué fue lo que realmente ganaste?
Y ojo, porque tampoco se trata de despreciar el esfuerzo.
Sin trabajo, muchas de las cosas que soñamos nunca existirían.
El problema aparece cuando confundimos construir una vida con postergar permanentemente la posibilidad de vivirla.
«No hay nada mejor que alegrarse y disfrutar de la vida mientras podamos».
Y agrega que comer, beber y aprovechar el fruto del trabajo son regalos de Dios.
Ahí encontré la respuesta.
El trabajo tiene valor. Pero disfrutar de sus frutos también forma parte del sentido de trabajar.
No se trata de abandonar nuestras responsabilidades.
No se trata de dejar de producir.
Y mucho menos de pensar que el dinero es malo.
Se trata de entender que no vinimos solamente a acumular.
También vinimos a experimentar la vida.
A amar.
A aprender.
A compartir.
A descubrir.
A crear.
A disfrutar.
Y muchas veces estamos tan concentrados en construir el futuro que nos olvidamos de que la vida está sucediendo ahora.
¿Y si ya tenés parte de la vida que soñabas?
Esta pregunta me tocó especialmente.
Porque durante muchos años trabajé para conseguir libertad.
Quería tener tiempo.
Quería poder elegir dónde vivir.
Quería disfrutar de mi familia.
Quería levantarme temprano, entrenar, leer, aprender, tomarme un café tranquilo y dedicarme a proyectos que realmente me entusiasmaran.
Quería vivir rodeado de naturaleza.
Quería dejar de depender de una oficina, de horarios y de obligaciones que no eligiera.
Y hoy tengo muchas de esas cosas.
Sin embargo, hay días en los que mi cabeza vuelve a preguntarme:
¿Cuánto facturaste este mes?
¿Qué negocio cerraste?
¿Cuándo va a empezar a funcionar todo lo nuevo que estás creando?
¿No deberías estar produciendo más?
Y entonces me doy cuenta de algo bastante absurdo.
Trabajé durante años para conseguir una vida que hoy tengo, pero a veces no me permito disfrutarla porque estoy preocupado por seguir consiguiendo más.
Es como correr una maratón, llegar a la meta y, en lugar de celebrar, sentir culpa porque todavía no empezaste la siguiente.
Y creo que esto nos pasa a muchísimas personas.
Nos cuesta aceptar que disfrutar también es parte del camino.
Que estar presentes también tiene valor.
Que no todos los días tienen que terminar con un resultado económico para haber sido días extraordinarios.
Dios hizo todo hermoso en su momento
Hay otra frase de Eclesiastés 3 que me encantó:
«Dios lo hizo todo hermoso para el momento apropiado».
El texto también explica que el ser humano no puede comprender completamente lo que Dios hace desde el principio hasta el fin.
Y esto me llevó a pensar en nuestra necesidad de controlar todo.
Queremos saber cuándo va a funcionar un negocio.
Cuándo vamos a alcanzar determinada facturación.
Cuándo llegará esa oportunidad.
Cuándo una semilla que plantamos se convertirá en un árbol.
Pero la vida no funciona siempre con nuestros calendarios.
Podemos trabajar, prepararnos, sembrar, corregir y tomar decisiones.
Lo que no podemos es garantizar que todos los resultados lleguen cuando nosotros queremos.
Y quizás una parte de la sabiduría consista en aprender a vivir con esa incertidumbre sin perder la paz.
Eso no significa quedarnos quietos esperando que las cosas sucedan.
Significa seguir haciendo nuestra parte sin permitir que la ansiedad por el futuro nos robe el presente.
Sembrar sin exigir que mañana haya frutos.
El tiempo que no vuelve
Hay algo que hoy tengo muy presente.
Mi hijo León está creciendo.
Y estos años no van a volver.
Puedo generar más dinero dentro de cinco años.
Puedo comprar otra propiedad.
Puedo crear otra empresa.
Puedo desarrollar nuevos negocios.
Pero no voy a poder comprar nuevamente una mañana de su infancia.
No voy a poder volver atrás para compartir un desayuno, una conversación, un juego o una tarde juntos.
Y lo mismo sucede con nuestra salud, con nuestros padres, con nuestra pareja, con nuestros amigos y con nosotros mismos.
La vida no espera a que terminemos de trabajar.
Por eso, cuando Eclesiastés dice que hay un tiempo para todo, me gusta pensar que también nos invita a reconocer el valor de cada etapa.
Quizás hubo un tiempo en el que necesitábamos trabajar intensamente para construir.
Quizás ahora necesitamos seguir creando, pero también dedicar más tiempo a nuestra familia, a nuestro cuerpo, a nuestra mente y a nuestra conexión con Dios.
No porque hayamos perdido la ambición.
Sino porque empezamos a comprender que la vida es mucho más grande que nuestra facturación.
Darme permiso para vivir
Hoy estoy aprendiendo algo que, curiosamente, me resulta más difícil que trabajar.
Darme tiempo.
Darme uno, dos o tres años, si es necesario, para encontrar mi mejor versión.
Para fortalecer mi cuerpo.
Para leer.
Para aprender.
Para conectar con Dios y con el universo.
Para estar más presente con mi familia.
Para descubrir qué quiero crear en esta nueva etapa.
Para conocer personas, desarrollar proyectos, sembrar oportunidades y seguir creciendo.
Y, sobre todo, para hacerlo sin desesperarme porque los resultados económicos no llegan a la velocidad que quisiera.
No estoy diciendo que voy a dejar de trabajar.
Tampoco que voy a dejar de querer ganar mucho dinero.
Quiero seguir creando empresas, haciendo negocios y desarrollando proyectos extraordinarios.
Pero quiero hacerlo desde otro lugar.
Desde la libertad y no desde la obligación de demostrar algo.
Desde el entusiasmo y no desde el miedo.
Desde la paz y no desde la comparación.
Porque empiezo a comprender que quizás no necesito ganar más dinero para empezar a disfrutar de la vida que tanto trabajé para construir.
Quizás lo que necesito es darme permiso para vivirla.
Un café con Jesús
Mientras terminaba mi café, volví a pensar en aquella pregunta:
¿Qué es lo que en verdad gana la gente a cambio de tanto trabajo?
Y pensé en Jesús.
En sus enseñanzas sobre las preocupaciones del mañana, sobre los tesoros que acumulamos y sobre aquello que verdaderamente tiene valor.
Recordé una de sus preguntas más profundas:
«¿Y qué beneficio obtienes si ganas el mundo entero pero pierdes tu propia alma?» (Marcos 8:36).
Qué manera de resumirlo.
Podemos ganar muchísimo afuera y perdernos completamente por dentro.
Podemos construir una empresa extraordinaria y destruir nuestra salud.
Podemos tener una fortuna y no tener tiempo.
Podemos conseguir reconocimiento y vivir pendientes de la opinión de los demás.
Podemos alcanzar todos nuestros objetivos y no sentirnos nunca satisfechos.
Y entonces entendí que quizás la pregunta no sea cuánto más puedo conseguir.
Quizás la pregunta sea:
¿Estoy disfrutando de la vida que Dios me permitió construir?
Porque no quiero llegar al final de mi camino y descubrir que pasé toda mi vida preparándome para vivir.
Quiero seguir soñando.
Quiero seguir trabajando.
Quiero seguir creando.
Quiero seguir creciendo.
Pero también quiero disfrutar.
Hoy.
Con lo que tengo.
Con las personas que amo.
Con los proyectos que están funcionando y con los que todavía no dieron sus frutos.
Con la tranquilidad de saber que no necesito tener todo resuelto para encontrar momentos de felicidad.
Porque si algo me dejó Eclesiastés 3 es que hay un tiempo para todo.
Y quizás también haya un tiempo para dejar de correr detrás de la vida y empezar a disfrutar de estar vivos.
¿De qué sirve trabajar toda una vida para construir algo si nunca te permitís disfrutar de lo que construiste?
No quiero que esa pregunta me encuentre dentro de treinta años.
Quiero hacérmela hoy.
Y empezar a vivir la respuesta.
Martín Bonis
Viviendo Libres

