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¿DE QUÉ SIRVE TENERLO TODO SI NO TENÉS TIEMPO PARA VIVIRLO?

Viviendo Libres | Bonis way

Hay algo que me viene dando vueltas en la cabeza hace tiempo.

Nos pasamos la vida queriendo más.

Más dinero, más éxito, más reconocimiento, una casa más grande, un auto mejor, una empresa que facture más. Y cuando conseguimos algo de todo eso, en lugar de detenernos a disfrutarlo, aparece otra cosa que queremos alcanzar.

Y así seguimos.

Corriendo atrás de algo que nunca termina de llegar.

Hace unos días estaba leyendo Eclesiastés, un libro de la Biblia que tiene miles de años, y me encontré con unas reflexiones de Salomón que me dejaron pensando.

Porque a veces creemos que nuestros problemas son modernos. Que el estrés, la competencia, la obsesión por el dinero o la necesidad de demostrar que somos exitosos nacieron con las redes sociales.

Pero resulta que hace miles de años ya había alguien preguntándose exactamente lo mismo.

¿Para qué trabajamos tanto? ¿Por qué nunca nos alcanza? ¿Por qué nos cuesta tanto disfrutar de lo que conseguimos?

Y hay algo todavía más interesante: la tradición nos presenta a Salomón como un hombre que conoció la riqueza, el poder y los privilegios. No era alguien hablando desde el desconocimiento de esas cosas.

Y aun así se preguntaba por el sentido de perseguirlas.

En Eclesiastés 4 dice que observó cómo gran parte del esfuerzo y de los logros humanos nacen de la rivalidad entre las personas.

Puta madre, qué vigente está eso.

Porque seamos sinceros.

¿Cuántas veces queremos algo porque realmente lo deseamos y cuántas veces empezamos a quererlo después de ver que otro lo tiene?

Tenés una casa hermosa, pero conocés la casa de alguien que tiene más dinero y de repente la tuya te parece chica.

Tenés una empresa que funciona, pero te juntás con un empresario que factura diez veces más y empezás a sentir que estás haciendo las cosas mal.

Tenés una vida que hace algunos años soñabas tener, pero entrás a Instagram, ves cómo viven otros y te empezás a preguntar por qué vos todavía no llegaste ahí.

Y lo más loco es que quizás hasta ayer estabas feliz.

No cambió tu casa. No cambió tu familia. No cambió tu vida.

Lo único que cambió fue la persona con la que empezaste a compararte.

Qué peligroso es permitir que la vida de otro nos haga sentir insuficiente la nuestra.

Y ojo, porque a mí me encanta la ambición.

Me encanta la gente que sueña en grande, que emprende, que quiere crecer, que se anima a construir cosas extraordinarias.

No creo que tengamos que conformarnos con poco ni mucho menos dejar de buscar nuestra mejor versión.

Pero hay una diferencia enorme entre querer crecer porque amás lo que hacés y querer crecer porque sentís que tenés que demostrarle algo a alguien.

Una cosa te expande.

La otra te persigue.

Y Salomón, en medio de esa reflexión, deja una frase extraordinaria:

«Más vale un puñado con tranquilidad que dos puñados con mucho esfuerzo y perseguir el viento».

Pensá un segundo en eso.

No está diciendo que sea malo tener dos puñados.

Está diciendo que quizás no valga la pena conseguirlos si para hacerlo tenés que entregar toda tu tranquilidad.

Porque ¿de qué sirve ganar cien mil dólares por mes si no tenés tiempo para desayunar tranquilo?

¿De qué sirve tener cinco propiedades si nunca podés irte de vacaciones sin estar pendiente del teléfono?

¿De qué sirve comprarte el auto que soñaste toda tu vida si no encontrás un domingo para salir a disfrutarlo?

¿De qué sirve tener una casa espectacular si casi nunca estás en ella?

Y acá viene algo que para mí es fundamental.

No es el dinero lo que nos quita la libertad. Es la relación que construimos con él.

El dinero puede ser una herramienta maravillosa.

Te permite viajar, conocer lugares, vivir experiencias, cuidar a tu familia, crear proyectos, ayudar a otras personas y disponer de algo que considero muchísimo más valioso que cualquier objeto: tiempo para elegir.

El problema aparece cuando dejamos de utilizar el dinero como una herramienta y empezamos a vivir para él.

Cuando ya no trabajamos para vivir mejor, sino que vivimos preocupados por trabajar más.

Cuando todo lo que conseguimos deja de ser suficiente.

Cuando el miedo a perder lo que tenemos nos impide disfrutarlo.

Y esto me lleva a otra parte del capítulo que me pareció tremenda.

Salomón describe a un hombre que trabaja sin descanso, que acumula riquezas, que nunca está satisfecho con lo que tiene y que termina haciéndose una pregunta:

«¿Para quién trabajo tanto y me privo de disfrutar?»

Qué pregunta, ¿no?

Porque muchas veces hacemos exactamente eso.

Trabajamos para darles una vida mejor a nuestros hijos, pero no tenemos tiempo para estar con ellos.

Trabajamos para poder viajar, pero siempre aparece una reunión que no podemos cancelar.

Trabajamos para tener libertad, pero construimos una estructura de obligaciones de la que después no sabemos cómo salir.

Y lo peor es que nos acostumbramos.

Nos acostumbramos a decir «cuando termine este proyecto».

«Cuando venda esta propiedad».

«Cuando facture un poco más».

«Cuando tenga todo resuelto».

«Cuando pueda retirarme».

Y mientras tanto, la vida pasa.

Los hijos crecen.

Nuestros padres envejecen.

Nuestro cuerpo cambia.

Los amigos se van alejando.

Y nosotros seguimos preparando una vida que nunca terminamos de empezar a vivir.

Hay una frase que me encanta: no te olvides de vivir mientras te ganás la vida.

Porque podemos volver a ganar dinero.

Podemos volver a construir una empresa.

Podemos recuperarnos de una mala inversión.

Pero hay momentos que no vuelven.

Y no estoy diciendo que salgamos a gastar todo lo que tenemos ni que vivamos sin pensar en el futuro.

Al contrario.

Me parece maravilloso construir patrimonio, tener reservas, invertir y generar tranquilidad económica para nuestra familia.

Eso también es libertad.

Lo que me parece triste es que después de trabajar veinte o treinta años para conseguir esa tranquilidad, no nos permitamos disfrutarla porque seguimos sintiendo que nunca tenemos suficiente.

Como si disfrutar de lo que construimos fuera una irresponsabilidad.

Como si descansar fuera perder el tiempo.

Como si una tarde con nuestros hijos valiera menos que una tarde produciendo dinero.

¿En qué momento empezamos a medir el valor de nuestros días solamente por cuánto dinero generamos?

Y después Salomón cambia de tema, aunque en realidad sigue hablando de lo mismo.

Dice que dos son mejores que uno.

Que si uno cae, el otro puede levantarlo.

Que juntos podemos enfrentar mejor las dificultades.

Y termina hablando de una cuerda de tres hilos que no se rompe fácilmente.

Me encanta esa imagen.

Porque vivimos en una sociedad que admira muchísimo al que llega solo.

Al empresario que construyó un imperio.

Al millonario que parece no necesitar a nadie.

Al que siempre tiene todo bajo control.

Pero ¿sabés qué?

Podés tener muchísimo dinero y estar profundamente solo.

Podés tener una agenda llena de reuniones y no tener a quién llamar cuando necesitás hablar de verdad.

Podés estar rodeado de gente que admira lo que tenés, pero no encontrar a nadie que quiera compartir un café con vos cuando las cosas no salen bien.

Y ahí te das cuenta de que existe otra riqueza.

La de tener amigos.

La de compartir una mesa.

La de tener una familia con la que disfrutás estar.

La de rodearte de personas que te hacen crecer y a las que también podés ayudar.

La de construir comunidades donde no tengamos que competir para demostrar quién vale más.

Porque para mí la verdadera abundancia también tiene mucho que ver con eso.

Con compartir.

Con crear experiencias.

Con aprender de otros.

Con tener conversaciones que te abren la cabeza.

Con poder ayudar a alguien a descubrir que existe otra manera de vivir.

Y no hace falta ser millonario para empezar a construir esa riqueza.

Después, casi al final del capítulo, Salomón habla de un rey viejo que ya no acepta consejos y de un joven pobre pero sabio que llega al poder.

La gente empieza a seguir al joven. Lo admiran. Lo reconocen.

Pero el tiempo pasa y las siguientes generaciones tampoco quedan satisfechas con él.

Y otra vez aparece esa idea de perseguir el viento.

Porque la fama pasa.

El reconocimiento pasa.

El poder cambia de manos.

Hoy sos el empresario del momento y mañana aparece otro.

Hoy todos hablan de vos y mañana están mirando a alguien más.

Y si construiste tu identidad alrededor de que los demás te admiren, vas a vivir intentando recuperar esa atención.

Por eso creo que hay algo muy importante que deberíamos aprender.

Está buenísimo querer inspirar a miles de personas. Lo que no está bueno es necesitar que miles de personas te admiren para sentir que tu vida vale la pena.

Podemos querer comunicar, enseñar, compartir nuestras experiencias y ayudar a otros a progresar.

Pero que eso nazca de un propósito.

No de una necesidad permanente de reconocimiento.

Porque cuando lo que hacés tiene sentido para vos, no necesitás que el mundo entero te aplauda todos los días.

Y después de leer todo esto me quedé pensando en algo.

Quizás nos enseñaron a construir el éxito, pero no nos enseñaron a disfrutarlo.

Nos enseñaron a trabajar.

A producir.

A competir.

A ahorrar.

A invertir.

A superar nuestras metas.

Pero pocas veces nos enseñaron a sentarnos tranquilos una mañana, tomar un café, mirar lo que construimos y sentirnos agradecidos.

Pocas veces nos enseñaron que disfrutar también es parte de una vida bien vivida.

Que descansar no es fracasar.

Que compartir tiempo con las personas que amamos no es dejar de ser productivos.

Que podemos tener grandes ambiciones sin vivir desesperados.

Que podemos seguir construyendo riqueza sin convertirnos en esclavos de ella.

Y que quizás ser verdaderamente ricos no tenga tanto que ver con la cantidad de dinero que acumulamos, sino con la cantidad de vida que podemos disfrutar gracias a lo que construimos.

No quiero que se malinterprete esto.

No estoy hablando de abandonar los sueños.

Ni de dejar de trabajar.

Ni de resignarnos a una vida que no nos gusta.

Estoy hablando de algo mucho más desafiante.

Aprender a ir por más sin sentir que lo que tenemos hoy no vale nada.

Seguir creciendo sin vivir comparándonos.

Seguir generando dinero sin perder nuestra paz.

Seguir soñando con experiencias extraordinarias, pero sin dejar de disfrutar las experiencias que ya tenemos al alcance de la mano.

Y sobre todo, aprender a preguntarnos cada tanto:

¿Para qué estoy haciendo todo esto?

¿La vida que estoy construyendo se parece a la vida que realmente quiero vivir?

¿Estoy disfrutando de las personas que tengo cerca?

¿Estoy utilizando mi dinero para vivir o estoy dejando de vivir para tener más dinero?

Porque si no sabemos responder esas preguntas, podemos pasarnos toda una vida persiguiendo algo que nunca termina de alcanzarnos.

Y quizás un día, cuando tengamos todo aquello que soñábamos, descubramos que lo único que necesitábamos era habernos permitido disfrutar un poco más del camino.

Salomón lo escribió hace miles de años.

Y nosotros seguimos aprendiendo la misma lección.

No se trata de tener menos ambición. Se trata de que nuestra ambición nunca nos robe la vida que estamos intentando construir.

Porque al final, la verdadera riqueza no es solamente cuánto dinero tenés.

Es cuánto tiempo tenés para vos.

Cuánta libertad tenés para elegir.

Cuántas experiencias te permitís vivir.

Cuánto amor podés dar y recibir.

Y cuántas personas pueden crecer gracias a lo que compartís con ellas.

Que nunca nos pase que, por estar tan ocupados construyendo una vida extraordinaria, nos olvidemos de vivirla
Bonis Way

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