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TAPAR CON EL HACER

Hay gente que no puede parar.

Termina una carrera y empieza un posgrado.
Termina el posgrado y necesita otro curso.
Después una especialización.
Después un máster.
Después otro libro.

Hay gente que corre.

Corre 10 kilómetros. Después 20. Después una maratón. Después necesita otra carrera, otro desafío, otro entrenamiento.

Hay gente que trabaja 12 horas por día. Emprende. Viaja. Entrena. Estudia. Hace cursos. Llena cada espacio disponible de su agenda.

Y desde afuera muchas veces parece admirable.

“Qué disciplinado.”
“Qué inquieto.”
“Qué preparado.”
“Cómo aprovecha la vida.”

Y quizás sea verdad.

Pero otras veces me pregunto algo bastante incómodo:

¿Y si no estamos haciendo tanto para encontrarnos, sino justamente para no encontrarnos?

Porque también se puede escapar haciendo.

CUANDO EL HACER SE CONVIERTE EN ESCONDITE

Me acuerdo de un amigo que nadaba y nadaba como un animal.

Entrenaba muchísimo.

Y cualquiera que lo mirara desde afuera podía pensar que simplemente amaba nadar.

Y seguramente una parte de él lo amaba.

Pero había algo más.

Había cosas que sentía que no podía contar. Cosas que no podía enfrentar. Una parte de su propia vida de la que todavía no se estaba haciendo responsable.

Entonces nadaba.

Y nadaba.

Y nadaba.

No necesariamente porque quisiera engañar a alguien. Quizás ni siquiera se daba cuenta.

Pero mientras el cuerpo estaba agotado, mientras había una pileta por cruzar, un tiempo que bajar, un entrenamiento que terminar, había algo que no tenía que mirar.

A sí mismo.

Y esto no tiene nada que ver con nadar.

Podés hacerlo corriendo.

Trabajando.

Estudiando.

Viajando.

Entrenando.

Emprendiendo.

Saliendo todas las noches.

Leyendo libros espirituales.

Incluso buscando permanentemente “tu mejor versión”.

Cualquier cosa buena puede convertirse en una forma de escape cuando la usamos para no mirar aquello que nos incomoda.

TAMBIÉN PODEMOS ESCONDERNOS DETRÁS DEL CONOCIMIENTO

Hay personas que llevan años preparándose para empezar.

Pero nunca empiezan.

Siempre falta algo.

“Cuando termine este curso.”

“Cuando tenga el título.”

“Cuando haga el posgrado.”

“Cuando aprenda un poco más.”

“Todavía no estoy preparado.”

Y pasan cinco años.

Después diez.

Saben muchísimo sobre lo que algún día quieren hacer.

Pero nunca lo hicieron.

Porque estudiar también puede darnos una sensación maravillosa de progreso sin exponernos al riesgo de actuar.

Mientras estudio no fracaso.

Mientras me preparo no me rechazan.

Mientras sigo aprendiendo no tengo que descubrir si realmente soy capaz.

Entonces aparece otro curso.

Y después otro.

No porque aprender esté mal.

Aprender es maravilloso.

El problema aparece cuando la preparación se convierte en una manera elegante de postergar la vida.

PROBÁ ALGO MUCHO MÁS DIFÍCIL

No hagas nada.

Pero nada de verdad.

Sin celular.

Sin Instagram.

Sin WhatsApp.

Sin música.

Sin televisión.

Sin podcast.

Sin libro.

Sin estudiar.

Sin trabajar.

Sin entrenar.

Sin meditar siguiendo la voz de alguien.

Sentate solamente con vos.

Vos y tu cabeza.

Vos y lo que sentís.

Un uno a uno de coaching con la única persona de la que nunca vas a poder escapar: vos mismo.

Probá una hora.

Parece una estupidez.

Hasta que lo intentás.

A los diez minutos probablemente quieras agarrar el celular.

Después vas a recordar algo que “tenés que hacer”.

Después quizás te dé hambre.

Después se te ocurra poner música.

Después vas a querer levantarte.

Cualquier cosa antes que permanecer ahí.

Ahora imaginá un día entero.

Sin anestesia.

Sin distracción.

Sin producir.

Sin demostrar.

Sin consumir.

Sin hacer.

¿Qué aparecería?

TAL VEZ AHÍ ESTÉ LA VERDADERA INCOMODIDAD

Quizás aparezca una relación que sabés que hace tiempo no funciona.

Quizás aparezca un trabajo que ya no querés.

Una conversación que venís postergando.

Una tristeza que tapaste.

Una decisión que sabés que tenés que tomar.

Algo de vos que todavía no aceptaste.

O quizás no aparezca nada dramático.

Quizás simplemente descubras que hace muchísimo tiempo que no sabés estar con vos mismo.

Y eso también dice algo.

Porque vivimos en una época que premia permanentemente el hacer.

Más productividad.

Más conocimiento.

Más entrenamiento.

Más dinero.

Más experiencias.

Más contenido.

Más.

Más.

Más.

Pero pocas veces alguien te pregunta:

¿Podés estar en paz cuando no estás haciendo absolutamente nada?

NO TODO MOVIMIENTO ES AVANCE

Esta es la parte importante.

No estoy diciendo que dejes de estudiar.

Ni de entrenar.

Ni de trabajar.

Ni de correr.

Ni de emprender.

Ni de buscar tu mejor versión.

Estoy diciendo algo mucho más incómodo:

preguntate desde dónde lo estás haciendo.

Porque dos personas pueden correr la misma maratón.

Una puede estar corriendo hacia algo.

Y la otra puede estar corriendo para escapar de algo.

Desde afuera se ven exactamente iguales.

Por dentro son dos viajes completamente diferentes.

Lo mismo pasa con el trabajo.

Con el dinero.

Con el estudio.

Con los viajes.

Con la espiritualidad.

Con absolutamente todo.

TAPAR CON EL HACER

Quizás una de las mayores demostraciones de libertad no sea poder hacer todo lo que quieras.

Quizás también sea poder no hacer nada y seguir estando bien con vos.

Sin necesitar ruido.

Sin necesitar demostrar.

Sin necesitar escapar.

Sin necesitar llenar cada minuto.

Porque podés viajar por todo el mundo y seguir escapando de vos.

Podés tener cinco títulos y todavía no conocerte.

Podés correr cien kilómetros y seguir sin animarte a enfrentar aquello que te persigue.

Y podés tener la agenda completamente llena mientras por dentro sentís un vacío enorme.

Por eso, de vez en cuando, frená.

Apagá todo.

Y quedate ahí.

No busques respuestas.

No intentes mejorar.

No hagas nada.

Escuchate.

Porque quizás llevás años buscando afuera algo que solamente podía aparecer cuando finalmente dejaras de hacer.

A veces no necesitamos hacer una cosa más.

Necesitamos tener el coraje de parar y descubrir qué estábamos intentando tapar con todo lo que hacíamos.

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