Ayer, viendo un programa de televisión, apareció un mago ilusionista. Uno de esos que te dejan sin palabras, como si hubieras viajado por un rato a Las Vegas sin salir del living.
Desde que lo vi, me pareció un tipo peculiar. Caminaba raro, hablaba distinto, tenía una mezcla de seriedad y sensibilidad que no era común. Su guión estaba claramente ensayado, pero había algo más ahí. Una historia que pedía salir.
El truco que hizo fue impresionante. De esos que no te explicás, que te hacen dudar de tus propios ojos. Pero lo más fuerte no fue el truco en sí. Lo más fuerte vino cuando se quitó el sombrero —literal y simbólicamente— y decidió hablar desde el corazón.
Contó que desde chico se sentía diferente. No lo entendían, ni en la escuela ni en su casa. Lo llevaban al psicólogo, a médicos, pensaban que algo estaba mal con él. Le hacían bullying los compañeros… y también los maestros. Porque no podía prestar atención, porque no encajaba, porque era “raro”. Eso que a veces la sociedad traduce como “defectuoso”.
Años después, la ciencia le puso nombre a lo que tenía. Eso lo ayudó a entenderse un poco más. Pudo ponerle un marco a lo que sentía. Y con ese marco vino una pregunta: ¿Y si todo eso que yo consideraba un defecto… era en realidad una virtud?
Entonces dijo algo que me quedó grabado:
“Si juzgás a un pez por su capacidad de trepar una montaña, lo vas a condenar a sentirse un idiota toda su vida. Pero si lo dejás nadar, que es para lo que nació, ese pez va a brillar.”
Y ahí entendí todo.
Porque cuántas veces hacemos eso.
Cuántas veces miramos a un niño y lo juzgamos por no cumplir con la expectativa social. Porque no es obediente, porque no presta atención, porque no le interesa lo mismo que al resto. Sin darnos cuenta, tal vez tenemos delante al próximo Picasso, al próximo Einstein, al próximo Messi.
A los 18 años, este mago decidió enfocarse en sus fortalezas. En lo que sí hacía bien. Y cuando lo hizo, todo cambió. Empezó a destacar, a ganar confianza, a gustarse como era. Y así, el trastorno dejó de tener tanto peso. Porque cuando uno se acepta y se abraza como es, muchas veces la herida empieza a sanar sola.
La libertad de ser uno mismo
Este mago me hizo pensar en vos, León. En los chicos. En lo importante que es crecer con libertad. No para hacer cualquier cosa, sino para ser fiel a uno mismo.
Porque la sociedad, con su ruido y sus moldes, a veces mata el alma. Te exige ser como el resto. Estudiar esto, pensar así, vestirte de tal forma, no molestar, no destacar, no hablar diferente. Pero la grandeza no nace del molde. La grandeza nace del caos. Del desvío. De lo que no encaja.
Por eso este capítulo es para vos, y para todos los chicos que vendrán. Ojalá nunca te juzguen por cómo nadás en un mundo que sólo premia a los que suben montañas. Ojalá siempre tengas el coraje de seguir tu camino, aunque no se parezca al de nadie.
Una reflexión para padres, maestros y adultos
A los grandes, les dejo esta:
Miren a los niños con ojos nuevos. No los fuercen a ser lo que no son. No los comparen. No los midan por la vara equivocada. Denles espacio, confianza y herramientas. Y sobre todo, tiempo.
Porque a veces lo que parece un problema, un trastorno, un defecto… es sólo una diferencia. Y esa diferencia puede ser la chispa que encienda un fuego único.
Un fuego que, si se cuida, puede iluminar la vida de muchos.

