Hace un tiempo estaba leyendo un libro que me voló la cabeza: Poder sin Límites, de Anthony Robbins. En uno de los capítulos apareció una palabra que me hizo frenar: escotomizar.
Escotomizar es, básicamente, no ver algo que está ahí. Es como si nuestra mente tuviera puntos ciegos. Hay cosas que están frente a nuestros ojos, pero no las vemos. No porque no queramos, sino porque simplemente nuestra cabeza no las registra.
Y ahí me puse a pensar: ¿cuántas veces pasa esto en nuestra vida? ¿Cuántas veces dejamos de ver oportunidades, caminos, posibilidades, solo porque nunca las vivimos antes?
Pero lo más interesante fue pensar en la otra cara de esa moneda: cuando sí vemos algo, cuando lo vivimos, cuando lo sentimos en carne propia, ya no podemos hacer de cuenta que no existe. Ya está en nuestra experiencia. Y una vez que algo entra a nuestra mente con fuerza, ya no se olvida.
Te doy un ejemplo simple: si te pido que vayas a buscar el salero, vos ya sabés dónde está. Porque lo viste mil veces. Tu mente ya tiene esa información registrada. No hay que pensar, simplemente vas y lo agarrás.
Lo mismo pasa con experiencias que nos marcan. Entrar a un hotel cinco estrellas, sentarte en un buen auto, comer en un restaurante con mantel blanco, caminar por un barrio elegante… aunque sea por un rato. Aunque no sea “tuyo”. Eso queda.
Tu mente dice: “¡Ah, esto existe!”. Y ese recuerdo ya no se borra. Aunque vivas otra realidad, ya viste que se puede. Y eso te cambia.
Ahora bien, ¿por qué a veces no nos animamos a vivir esas cosas? ¿Por qué sentimos que no son para nosotros?
Ahí aparece otro concepto clave: las creencias.
Las creencias son como los lentes con los que miramos la vida. Son ideas que tenemos sobre cómo somos, cómo es el mundo y qué es posible o no para nosotros. Y lo loco es que muchas de esas creencias ni siquiera las elegimos. Nos las pasaron: la familia, la escuela, el barrio, la sociedad.
“Eso no es para vos”, “eso es para ricos”, “eso es solo para los que nacen con suerte”… ¿Te suena?
Pero esas creencias se pueden cambiar. Se pueden transformar. Solo hay que trabajarlas. Y una forma de empezar es exponiéndonos a nuevas experiencias. Porque cuando vivís algo que va en contra de esa vieja creencia, tu mente empieza a decir ‘che, pará, capaz esto sí es posible’.
Por ejemplo:
• Si creciste creyendo que nunca ibas a salir del país, y un día te animás a hacer un viaje, esa creencia se rompe.
• Si siempre pensaste que un negocio propio no era para vos, y un día lo intentás y te va bien, esa creencia cambia.
• Si te dijeron que “vos no sos bueno para hablar en público” y un día te subís a un escenario y hablás, esa voz interna empieza a callarse.
Por eso es tan importante vivir cosas nuevas, buenas, inspiradoras. Porque no solo nos llenan el alma: nos reprograman el cerebro. Nos ayudan a salir del modo escotoma —esa ceguera que no nos deja ver— y a abrir la cabeza a un futuro diferente.
Las creencias no son verdades. Son solo ideas que se repiten hasta que las creemos. Pero si cambiamos lo que vemos, lo que vivimos, lo que nos permitimos sentir, las creencias también cambian.
Y con eso cambia todo.
Así que, León —y vos que estás leyendo—: animate a ver más. Animate a vivir más. No esperes a “merecerlo”. Tocá, probá, sentí, soñá. Porque lo que se ve… ya no se olvida.
Y eso que vivís, aunque sea por un momento, puede ser la chispa que transforme tu forma de pensar para siempre.

