Carta para León
Hoy quiero contarte algo que a veces me cuesta procesar y que estoy aprendiendo sobre la marcha. Son esas cosas que vas descubriendo de la vida cuando te toca interactuar con mucha gente, cuando trabajás duro para lograr algo y, en el camino, te encontrás con comportamientos que no siempre te cierran.
En mi vida he conocido gente maravillosa, personas que cumplen su palabra, que trabajan con honestidad, que valoran los acuerdos. Pero también, y cada vez más seguido, me encuentro con lo opuesto: personas que se hacen las desentendidas, que no cumplen lo que dicen, o que siempre buscan sacar ventaja. No sé si es la época, si es el contexto en el que vivimos, o si simplemente yo estoy más atento a esas cosas ahora. Pero, ¿sabés qué? Esas actitudes me afectan más de lo que deberían.
Hay días que estoy lleno de energía, con ganas de comerme el mundo, de seguir creando y avanzando. Pero cuando me topo con estas situaciones —que alguien no paga lo que debe, que no respeta un contrato, o que hace mal un trabajo y después yo tengo que arreglar el desastre— siento que me bajoneo. Me pregunto por qué pasa esto, por qué parece tan difícil para algunas personas simplemente hacer las cosas bien.
León, si estás leyendo esto de grande, quiero que sepas algo: no está mal sentirte así. No está mal que te afecten las cosas cuando vos te esforzás por hacerlas bien. Lo que importa es qué hacés con eso. Yo estoy aprendiendo que no puedo cambiar cómo son los demás, pero sí puedo elegir cómo reaccionar, cómo seguir adelante.
A veces también esto pasa con personas que son cercanas. Amigos. Gente con la que compartiste cosas importantes, con la que sentiste una conexión profunda, como si fueran hermanos. Y un día hacen algo que te decepciona, que no es correcto, y sentís una mezcla de dolor y desilusión. Es duro, porque no te lo esperás de alguien que querías tanto. Pero aprendí algo que quiero que vos también tengas en cuenta: no todas las personas están destinadas a quedarse en tu vida para siempre.
A veces cumplen su ciclo, te acompañan durante un tiempo, y después sus caminos y los tuyos se separan. No quiere decir que esté mal haber confiado en ellos ni que todo lo compartido haya sido falso. Solo significa que las personas cambian, y lo que fueron en un momento ya no es lo que son ahora. Aprender a dejarlos ir es parte de crecer, aunque duela.
Dejar ir no significa que te vuelvas frío o desconfiado. Al contrario, significa que entendés que cada relación tiene su tiempo y su propósito. Lo importante es quedarte con lo bueno, con lo que aprendiste de ellos, y seguir adelante con el corazón liviano.
Ahora bien, también quiero contarte algo más. Muchas veces escuché teorías sobre la prosperidad y cómo deberías vivirla. Dicen que tenés que actuar como alguien próspero, sentirte rico, moverte como si ya lo tuvieras todo. Y en parte lo entiendo, pero también me doy cuenta de que eso tiene su lado complicado. En un lugar como el que vivimos, si te mostrás con algo que simboliza éxito, hay quienes quieren aprovecharse o incluso te podés exponer a riesgos. Entonces, ¿qué hacés? ¿Mostrás tu prosperidad o la guardás para vos?
Hoy no tengo una respuesta definitiva. Lo que sí sé es que la verdadera prosperidad no está en lo que mostrás, sino en cómo te sentís con lo que tenés. Si te sentís pleno, libre, satisfecho, no importa lo que piensen los demás. Y si alguien quiere aprovecharse, bueno, es su problema. Vos solo asegurate de cuidar lo tuyo y de que esas cosas no te afecten más de la cuenta.
León, siempre van a haber días buenos y días no tan buenos. Vas a sentirte arriba, neutral, o bajón, porque eso nos pasa a todos. Pero lo importante es que nunca pierdas de vista quién sos. No te conviertas en alguien ventajero porque eso te aleja de tu esencia. Aprendé a poner límites, a cuidarte, a ser más astuto, pero sin perder el corazón.
Y algo más: nunca te olvides de agradecer por lo que sí tenés. La gratitud te ayuda a reenfocarte, a recordar que, aunque haya días duros, siempre hay algo por lo que vale la pena seguir adelante.
Te quiero mucho, hijo. Si alguna vez te sentís como yo me siento ahora, recordá que está bien. Que las emociones son parte del camino. Y que siempre se puede aprender algo de ellas.
Con amor

