Hay momentos en los que empezamos a sentir que algo cumplió un ciclo.
Puede ser una casa.
Una ciudad.
Un trabajo.
Una empresa.
Una relación.
Un grupo de amigos.
Una forma de vivir.
No necesariamente estamos mal. Incluso puede ser que, visto desde afuera, nuestra vida esté perfectamente bien.
Pero adentro aparece una sensación.
Acá ya no es.
Y entonces empezamos a buscar respuestas.
Algunos le pedimos a Dios que nos marque el camino.
Otros hablamos con amigos.
Escuchamos un podcast.
Miramos un video.
Leemos un libro.
Buscamos señales, coincidencias, respuestas, energía.
Y todo eso puede ayudar.
Pero cada vez estoy más convencido de algo:
en el fondo, casi siempre sabemos qué tenemos que hacer.
El problema es que no siempre queremos escuchar la respuesta.
Cuando aparece el silencio, aparece la respuesta
Probá hacer algo.
Sacá por un momento el dinero.
Sacá la opinión de tu familia.
Sacá lo que espera la sociedad.
Sacá el miedo.
Sacá lo que hiciste durante los últimos veinte años.
Sacá incluso la pregunta de si eso que sentís es inteligente o no.
Y quedate en silencio.
¿Qué querés hacer?
¿Dónde querés estar?
¿Cómo querés vivir?
¿Con quién?
Muchas veces la respuesta aparece mucho más rápido de lo que imaginamos.
El problema viene dos segundos después.
Porque inmediatamente aparece la cabeza:
Sí, pero…
¿Y de qué voy a vivir?
¿Y si me equivoco?
¿Y si pierdo lo que construí?
¿Y si después quiero volver?
¿Qué va a decir la gente?
¿Es responsable hacer esto?
¿Es correcto?
Ahí dejamos de escuchar lo que sentimos y empezamos a poner balanzas y medidores.
¿Correcto para quién?
Nos enseñaron una determinada idea de lo que significa hacer las cosas bien.
Tener un trabajo estable.
Construir una empresa.
Comprar una casa.
Echar raíces.
Acumular.
Mantener.
No arriesgar innecesariamente.
Y no hay absolutamente nada malo en eso.
Tal vez esa sea la vida perfecta para alguien.
Pero que sea correcta para alguien no significa que sea correcta para vos.
Y mucho menos significa que tenga que ser correcta para vos durante toda tu vida.
Hay ciclos.
Tal vez una casa fue exactamente el lugar que necesitabas durante diez años y un día dejó de serlo.
Tal vez una empresa fue tu sueño durante veinte años y después empezó a convertirse en una cárcel.
Tal vez una ciudad te hizo feliz y hoy sentís que necesitás otra cosa.
Eso no invalida lo anterior.
Simplemente significa que cambiaste.
La pregunta que elimina casi todo el ruido
Cuando no sé distinguir si estoy escuchando mi interior o simplemente estoy confundido, hay una pregunta que me parece brutal:
Si mañana me dijeran que me queda un mes de vida, ¿seguiría viviendo de esta manera?
¿Estaría en este lugar?
¿Haría todos los días lo que hago?
¿Estaría rodeado de la misma gente?
¿Seguiría dedicándole tanta energía a esto?
¿Tomaría las mismas decisiones?
No necesitás pensar demasiado.
De hecho, ahí está justamente la clave.
Porque si la respuesta aparece inmediatamente y es no, quizás acabás de encontrar algo que hace meses venías buscando afuera.
Ya sabías.
El miedo aparece después
Muchas veces confundimos miedo con intuición.
Sentimos claramente que tenemos que avanzar hacia un lugar y, cinco minutos después, aparecen veinte razones para no hacerlo.
Y pensamos:
Quizás esta duda sea una señal de que no tengo que hacerlo.
No necesariamente.
Tal vez simplemente tengas miedo.
Y es lógico.
Lo nuevo da miedo.
Dejar una estructura da miedo.
Cambiar de país da miedo.
Cambiar de trabajo da miedo.
Cerrar una etapa da miedo.
Empezar otra da miedo.
Pero hay algo que intento recordar:
el miedo no siempre significa que vas por el camino equivocado.
A veces significa simplemente que estás saliendo de lo conocido.
Creo que nacemos conectados
Hay algo que yo creo profundamente.
Cuando somos chicos estamos mucho más conectados con la vida.
Un niño no piensa permanentemente si lo que ama hacer es rentable.
No analiza si está perdiendo el tiempo.
No construye su personalidad alrededor de lo que esperan los demás.
Explora.
Pregunta.
Juega.
Se sorprende.
Ama.
Vive.
Después vamos creciendo.
Y empezamos a incorporar capas.
Lo que está bien.
Lo que está mal.
Lo que deberíamos hacer.
Lo que significa tener éxito.
Lo que significa fracasar.
Lo que tenemos que tener a determinada edad.
Lo que los demás esperan de nosotros.
Y quizás una parte enorme de nuestra vida consista justamente en hacer el camino inverso.
Volver a conectarnos con esa fuente de la que venimos.
Llamala Dios.
Amor.
Conciencia.
Intuición.
Energía.
Cada uno encontrará su palabra.
Para mí es una energía de luz y de amor.
Y cuanto más dominados estamos por el temor, más difícil se vuelve escucharla.
No te estoy diciendo que abandones todo
No quiero que leas esto y pienses que mañana tenés que vender tu casa, cerrar tu empresa e irte a vivir a una isla.
No se trata de eso.
Te propongo algo mucho más pequeño.
Y quizás mucho más difícil.
Hacé silencio.
Y preguntate qué sabés que tenés que hacer.
Pero por unos minutos no lo cuestiones.
No preguntes cuánto cuesta.
No preguntes qué opinarán.
No preguntes si es lo correcto.
No preguntes si va a funcionar.
Primero escuchalo.
Nada más.
Después habrá tiempo para pensar cómo.
Después habrá que organizar.
Tomar decisiones.
Construir.
Ser responsable.
Y probablemente también atravesar miedo.
Pero no mezcles las dos cosas.
Primero escuchá la verdad.
Después construí la valentía para vivir de acuerdo con ella.
Porque quizás llevás meses pidiéndole a Dios una señal.
Quizás llevás meses buscando respuestas en libros, personas, videos y conversaciones.
Y quizás la respuesta estuvo todo este tiempo en el único lugar donde casi nunca hacemos suficiente silencio para buscarla:
adentro nuestro.
El camino quizás no sea tan difícil de encontrar.
Lo difícil es animarnos a caminarlo.

