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Cuando se apaga la luz

Era un domingo cualquiera, con el plan perfecto para matar las horas: una película, un café de la cafetera eléctrica y algo de Netflix. Pero todo cambió cuando, de repente, se cortó la luz. Al principio, no parecía gran cosa. “Volverá en un rato”, pensé. Pero las horas pasaban, y la casa, sin energía, comenzaba a sentirse distinta.

De golpe, el silencio. Ese silencio que no es solo la ausencia de ruido, sino algo más pesado. Sin la heladera vibrando, sin el zumbido del Wi-Fi, sin música de fondo. Todo estaba inmóvil. Salí al jardín y miré la lluvia caer. Al principio, porque no había nada más que hacer. Pero después, porque no podía dejar de mirarla. Las gotas golpeaban la pileta, los árboles parecían más vivos que nunca. Y ahí me di cuenta: ¿cuánto hacía que no me detenía a observar algo tan simple?

Pero el tiempo, en este nuevo estado, parecía ir más lento. Jugué un rato con León, armamos palabras con un juego de mesa, nos reímos, pero pronto nos aburrimos. ¿Qué más hacer? Cocinamos una tortita de banana sin harina. Mientras esperábamos que se cocine, pensé en cuánto dependemos de la electricidad. Quise calentar agua en la pava eléctrica y, claro, no funcionaba. Así que usamos una pava común, a fuego lento, como antes. La espera fue larga, pero, por alguna razón, más especial.

Más tarde, León y yo nos tiramos al piso con almohadones. Conversamos mientras escuchábamos cómo la lluvia se hacía más fuerte. Miré la hora por costumbre, extrañé Netflix, y pensé en lo difícil que es entretenerse sin tecnología. Quise leer, pero la luz del día ya no alcanzaba. Miré mi celular, consciente de que la batería no duraría mucho. Entonces, me puse a escribir.

Me pregunté cómo hacía la gente antes, cuando no existía nada de esto. Cuando las noches eran largas y la única compañía era una vela, un libro o una charla. Cuando los días estaban llenos de actividades que hoy nos parecen ajenas: cocinar desde cero, tejer, construir cosas con las manos, mirar las estrellas para orientarse. ¿Vivían mejor, más conectados consigo mismos? Tal vez sí. Tal vez entendían algo que nosotros hemos olvidado.

Mientras pensaba, recordé algo que escuché hace poco. Decían que, si algún día colapsara el sistema —internet, bancos, electricidad—, volveríamos a vivir como nuestros antepasados. Y me pregunté: ¿estoy preparado? ¿Estamos preparados? Si mañana todo esto desapareciera, ¿sabríamos cómo sobrevivir? ¿Cómo potabilizar agua, cocinar sin gas, cultivar alimentos? Me di cuenta de que no.

León, vos naciste en un mundo completamente tecnológico. Pero yo quiero que aprendas también a hacer las cosas “a la vieja escuela”. Porque nunca se sabe. Porque hay una libertad que solo se encuentra en la autosuficiencia. Quiero que sepas orientarte sin GPS, que aprendas a leer las estrellas, que descubras que el aburrimiento no es un enemigo, sino un lugar desde donde nacen las mejores ideas.

Ese domingo sin luz me dejó muchas preguntas, pero también una certeza: cuanto más tenemos, más necesitamos. Y cuanto más necesitamos, más dependemos. Esa dependencia nos quita libertad, nos trae estrés, nos exige más de lo que podemos sostener. Nos cargamos de cosas, de demandas, y sin darnos cuenta sacrificamos lo más importante: nuestra paz y nuestra calidad de vida.

La clave está en aprender a vivir livianos, sueltos, libres. En descubrir que no necesitamos tanto para estar bien. Que el silencio, la calma y lo esencial son suficientes. Porque, al final, ser libres no es tener más; es necesitar menos.

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