Durante muchos años pensé que sabía exactamente lo que quería.
Quería ser libre.
No quería vivir una vida armada por otros. No quería hacer lo que se suponía que había que hacer simplemente porque todos lo hacían.
Trabajar. Esperar el fin de semana. Tener quince días de vacaciones. Comprar cosas. Endeudarte. Esperar jubilarte.
Nunca me cerró demasiado esa idea.
Yo quería vivir.
Y por eso, siendo bastante joven, salí a buscar la libertad.
Viajé por Latinoamérica. Viví con poco. Conocí lugares y personas increíbles. Crucé la Cordillera de los Andes en bicicleta.
Hubo momentos en los que tenía muy poco dinero y, sin embargo, me sentía inmensamente rico.
Tenía algo que para mí valía muchísimo:
tiempo.
Tiempo para moverme.
Tiempo para conocer.
Tiempo para equivocarme.
Tiempo para cambiar de rumbo.
No necesitaba demasiado.
Y durante un tiempo pensé que había encontrado la respuesta.
Esto es ser libre.
Pero la vida siguió.
Y yo también.
Después quise dinero
En algún momento apareció otra idea en mi cabeza:
“Todo esto está buenísimo, pero para ser realmente libre necesito dinero.”
Y tenía bastante razón.
Porque romantizar la falta de dinero también es una estupidez.
El dinero importa.
El dinero resuelve problemas. Te permite viajar. Te permite ayudar. Te permite vivir donde querés. Te permite cuidar a los tuyos. Te permite decir que no. Te permite comprar tiempo.
Sobre todo, te da algo extraordinariamente valioso:
opciones.
Así que me puse a construir.
Trabajé.
Emprendí.
Hice negocios.
Me metí de lleno en el mundo inmobiliario.
Invertí.
Compré propiedades.
Ganaba más y quería ganar más.
Cuando llegaba a un número que alguna vez me había parecido imposible, automáticamente aparecía otro.
Primero pensás:
“Si algún día gano esto, estoy hecho.”
Llegás.
Y dura poco.
Entonces necesitás un poco más.
Después otro poco.
Y después aparece una casa mejor.
Un auto mejor.
Una inversión más grande.
Otro negocio.
Otro objetivo.
Otro cero.
Y sin darte cuenta, la meta se empieza a mover cada vez que estás a punto de alcanzarla.
Yo jugué ese juego durante años.
Y ojo:
me encantó.
No reniego absolutamente de eso.
Construir me hizo crecer.
El dinero me permitió vivir experiencias extraordinarias.
Me dio seguridad.
Me dio libertad.
Me permitió conocer lugares, hacer cosas, ayudar a personas y construir un patrimonio.
Me enseñó muchísimo sobre negocios, sobre personas y, principalmente, sobre mí.
Por eso nunca te voy a decir que el dinero no importa.
Generalmente, el que dice eso nunca tuvo que preocuparse por no tenerlo.
Pero hay algo que descubrí después.
El dinero puede solucionar una enorme cantidad de problemas.
Lo que no puede hacer es responder una pregunta:
¿Para qué mierda estás viviendo?
¿Y ahora qué?
Hay un momento bastante extraño del que se habla poco.
Es cuando conseguís algunas de las cosas que durante años pensaste que te iban a hacer feliz.
Y no pasa nada.
O mejor dicho:
pasan cosas.
Las disfrutás.
Te ponés contento.
Sentís orgullo.
Comprás eso que querías.
Hacés ese viaje.
Cerrás ese negocio.
Llegás a determinado patrimonio.
Y está buenísimo.
Pero después volvés a tu casa.
Se apaga la euforia.
Pasan los días.
Y sos vos otra vez.
Entonces aparece una pregunta incómoda:
¿Y ahora qué?
A mí me pasó.
Y creo que a muchísima gente le pasa, aunque no lo diga.
Porque socialmente es mucho más fácil contar que querés ganar tu primer millón que reconocer que quizás llegaste a un lugar que soñaste durante veinte años y descubriste que tampoco estaba ahí la respuesta.
Ahí entendí algo importante:
yo había aprendido muchísimo sobre cómo construir una vida económicamente libre, pero todavía estaba aprendiendo para qué quería esa libertad.
Y son dos cosas completamente diferentes.
El peligro de convertirte en tu propio personaje
Durante años construimos una identidad.
Soy empresario.
Soy exitoso.
Soy el que resuelve.
Soy el que puede.
Soy el que produce.
Soy el que gana.
Soy el que nunca para.
Y llega un momento en que ese personaje que construiste para llegar hasta determinado lugar puede convertirse en la cárcel que no te deja avanzar hacia el siguiente.
Porque quizá ya no querés lo mismo.
Pero seguís corriendo.
Quizás ya no necesitás demostrar nada.
Pero seguís demostrando.
Quizás ya tenés suficiente.
Pero seguís acumulando.
Quizás tu cuerpo te está pidiendo otra cosa.
Tu familia te está pidiendo otra cosa.
Tu cabeza te está pidiendo otra cosa.
Vos te estás pidiendo otra cosa.
Pero cambiar da miedo.
Porque si durante veinte años dijiste que el éxito era llegar a determinado lugar, ¿cómo reconocés ahora que querés otra cosa?
A veces crecer también significa animarte a contradecir al tipo que fuiste.
No quería tirar todo por la borda
Y acá apareció otra comprensión importante.
No necesitaba volver a agarrar una mochila e irme a recorrer Latinoamérica.
No necesitaba regalar mis cosas.
No necesitaba dejar de hacer negocios.
No necesitaba demonizar el dinero.
No necesitaba convertirme en otra persona.
Todo lo contrario.
Necesitaba integrar las personas que había sido.
El pibe que quería conocer el mundo.
El que cruzaba una montaña en bicicleta.
El que vivía con poco.
El que después quería hacer dinero.
El empresario.
El inmobiliario.
El inversor.
El que ganó.
El que perdió.
El que confió en personas equivocadas.
El que acertó.
El que se equivocó.
El que tuvo que empezar nuevamente.
El marido.
El padre.
El hombre que hoy sigue teniendo sueños y ambición, pero empieza a medir su vida con otra vara.
Ninguna de esas versiones estaba equivocada.
Todas me trajeron hasta acá.
Y entonces empecé a hacerme una pregunta diferente.
Ya no solamente:
“¿Qué más quiero conseguir?”
Sino:
“¿Para qué viví todo esto?”
Y esa pregunta empezó a cambiar muchas cosas.
Tal vez el propósito no se encuentra
Durante mucho tiempo escuché hablar de “encontrar tu propósito”.
Como si estuviera escondido en algún lugar esperando que un día tengas una revelación.
Hoy no sé si funciona así.
Creo que muchas veces el propósito se construye.
Mirás hacia atrás y empezás a unir puntos.
Entendés por qué determinadas experiencias te marcaron.
Por qué algunos golpes te hicieron crecer.
Por qué aquello que salió mal terminó enseñándote algo que hoy podés transmitir.
Y empezás a entender que quizás todo lo que aprendiste no era solamente para vos.
Eso empezó a pasarme.
Después de tantos años de negocios, inversiones, real estate, desarrollo personal, viajes, errores, aciertos y búsqueda…
sentí cada vez con más fuerza una necesidad:
compartirlo.
No desde el lugar del tipo que tiene todas las respuestas.
No las tengo.
Sigo equivocándome.
Sigo cambiando.
Sigo aprendiendo.
Sigo teniendo días en los que no entiendo una mierda.
Pero hay cosas que me llevaron veinte años aprender.
Y si algo de todo eso puede hacer que otra persona tarde cinco en entenderlo…
entonces todo ese camino empieza a tener otro sentido.
Hoy quiero otra clase de riqueza
Sigo queriendo ganar dinero.
Sigo queriendo hacer negocios.
Sigo teniendo objetivos.
Sigo siendo ambicioso.
Eso no cambió.
Lo que cambió fue para qué quiero todo eso.
Quiero tiempo.
Quiero experiencias.
Quiero estar presente.
Quiero cuidar mi cuerpo.
Quiero disfrutar a mi familia.
Quiero sentarme a tomar un café sin estar pensando que debería estar produciendo.
Quiero viajar.
Quiero aprender.
Quiero elegir los proyectos en los que me meto.
Quiero trabajar con personas que me interesen.
Quiero poder decir que no.
Quiero despertarme y sentir que la vida que estoy viviendo se parece bastante a la vida que elegiría si nadie estuviera mirando.
Para mí, hoy, eso es ser rico.
Y curiosamente, para vivir así también necesitás dinero.
Por eso no se trata de elegir entre dinero o propósito.
Entre éxito o familia.
Entre ambición o paz.
Entre crecer o disfrutar.
Me parece una elección absurda.
Quiero construir una vida donde todas esas cosas puedan convivir.
Entonces entendí qué significa vivir libre
Durante años pensé que libertad era viajar.
Después pensé que era no tener jefe.
Después pensé que era tener dinero.
Después pensé que era alcanzar la libertad financiera.
Hoy mi definición es mucho más simple.
Libertad es tener margen para elegir.
Elegir dónde vivir.
Con quién.
Cómo usar tu tiempo.
Qué trabajos aceptar.
Qué personas dejar entrar.
Qué cosas comprar y cuáles ya no necesitás.
Qué sueños todavía son tuyos y cuáles perseguís solamente porque alguna vez dijiste que los querías.
Pero existe una libertad todavía más difícil:
animarte a elegir una vida que tenga sentido para vos, aunque no sea la que los demás esperan.
Quizás llegaste hasta acá porque algo de todo esto te hizo ruido.
Quizás estás construyendo.
Quizás estás ganando dinero.
Quizás todavía estás peleando por conseguirlo.
O quizás ya conseguiste mucho de lo que querías y apareció esa sensación extraña que cuesta explicar.
“Tengo un montón de cosas que alguna vez quise… ¿por qué siento que falta algo?”
No tengo una fórmula para responderte.
Pero sí puedo dejarte una pregunta.
La misma que yo sigo haciéndome.
No necesitás vender todo.
No necesitás irte de viaje.
No necesitás abandonar tu empresa.
No necesitás cambiar mañana toda tu vida.
Pero tal vez sí necesitás detenerte un momento y preguntarte:
¿La vida que estás construyendo es realmente la vida que querés vivir?
Porque podés pasar años construyendo una vida extraordinaria…
y descubrir demasiado tarde que estabas construyendo la vida equivocada para vos.
Para mí, vivir libre empezó el día que entendí que la libertad no consistía en escapar de la vida.
Consistía en construir una de la que no quisiera escapar.
Martín Bonis
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