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Cuando tenés todo para estar bien, pero algo adentro igual te duele

 

Hay momentos en la vida en los que todo parece ordenado.

Y de golpe pasa algo.

Una traición.
Una pérdida.
Un fracaso.
Una enfermedad.
Una estafa.
Una persona que te lastima.
Un proyecto que se cae.
Algo que no esperabas y que, en segundos, te cambia el estado de ánimo, la energía y hasta la manera de ver tu vida.

Y ahí aparece una pregunta automática:

¿Por qué a mí?

Es humana.

Es lógica.

Es la primera reacción de cualquiera cuando algo duele.

Pero con los años empecé a entender que esa pregunta, aunque natural, muchas veces no sirve para salir del lugar en el que estamos.

Porque “¿por qué a mí?” te deja mirando el golpe.

En cambio, hay otra pregunta que puede cambiar por completo la manera en la que atravesás una situación:

¿Qué viene a enseñarme esto?

No significa que lo que pasó esté bien.

No significa justificar a quien te lastimó.

No significa agradecer una traición, una pérdida o una injusticia.

Significa entender algo mucho más profundo:

una vez que algo entró en tu vida, vos decidís qué hacés con eso.

No elegís todo lo que te pasa

Hay una mentira bastante peligrosa en algunos discursos de crecimiento personal: creer que todo lo que te pasa lo “atrajiste” o lo “elegiste”.

No.

Hay cosas que simplemente pasan.

Hay gente que miente.

Hay gente que traiciona.

Hay accidentes.

Hay enfermedades.

Hay negocios que salen mal.

Hay personas que toman decisiones que te terminan afectando.

Tal vez no elegiste nada de eso.

Pero una vez que pasó, empieza tu responsabilidad.

Porque ya no podés decidir que no haya sucedido.

Pero sí podés decidir qué lugar va a ocupar en tu historia.

Podés dejar que te destruya.

Podés convertirlo en resentimiento.

Podés vivir años preguntándote por qué.

O podés transformarlo.

El dolor puede romperte o despertarte

Muchas de las decisiones más importantes de mi vida aparecieron después de momentos incómodos.

No necesariamente porque el dolor sea bueno.

Sino porque el dolor tiene una capacidad brutal para mostrarte cosas que cuando todo está cómodo no querés mirar.

Te muestra personas.

Te muestra límites.

Te muestra errores.

Te muestra dependencias.

Te muestra lugares de tu vida donde estabas viviendo en automático.

A veces una pérdida te enseña a valorar.

Una traición te enseña a poner límites.

Un fracaso económico te obliga a aprender algo que venías postergando.

Una enfermedad te recuerda que el cuerpo no es infinito.

Un proyecto que se derrumba te obliga a preguntarte si realmente querías construirlo.

El golpe no siempre trae una respuesta inmediata.

Y eso también desespera.

Porque cuando algo duele queremos entenderlo rápido.

Queremos encontrarle sentido.

Queremos saber para qué pasó.

Pero algunas enseñanzas no aparecen en el momento.

A veces las entendés años después.

La desesperación pregunta “¿por qué?”

La conciencia pregunta “¿para qué?”

Cuando estás desesperado, todo tu foco está puesto en el problema.

¿Por qué pasó?

¿Por qué esa persona?

¿Por qué ahora?

¿Por qué después de todo lo que hice?

Pero esas preguntas muchas veces no tienen respuesta.

O peor: tienen respuestas que no cambian nada.

La conciencia empieza cuando cambiás el foco.

No de una manera ingenua.

No diciendo “todo pasa por algo” como una frase vacía.

Sino preguntándote:

¿Qué tengo que aprender de esto?

¿Tengo que poner un límite?

¿Tengo que cambiar de entorno?

¿Tengo que dejar de confiar ciegamente?

¿Tengo que cuidar mejor mi cuerpo?

¿Tengo que dejar un negocio?

¿Tengo que aprender a perdonar?

¿Tengo que aprender a decir que no?

¿Tengo que aceptar que algo terminó?

Ahí empieza la transformación.

No se trata de agradecer el dolor

Esto es importante.

No tenés que agradecer que alguien te haya lastimado.

No tenés que agradecer una tragedia.

No tenés que agradecer algo que jamás hubieras elegido.

Eso sería negar el dolor.

Lo que sí podés agradecer es lo que fuiste capaz de construir después.

La fortaleza.

La claridad.

La madurez.

El límite.

La decisión.

La nueva versión tuya que apareció a partir de aquello.

No agradezco el golpe. Agradezco lo que pude transformar a partir del golpe.

Esa diferencia cambia todo.

La vida no siempre te explica lo que está haciendo

Hay momentos en los que uno quisiera que Dios, el universo, la vida —como cada uno quiera llamarlo— entregara una explicación.

“Esto pasó por esto.”

“Esta persona apareció para esto.”

“Este negocio fracasó para que hagas aquello.”

Pero casi nunca funciona así.

Primero vivimos.

Después comprendemos.

A veces mucho después.

Por eso la confianza no consiste en saber qué va a pasar.

Consiste en poder caminar aunque todavía no entiendas.

Hay situaciones que hoy parecen completamente injustas y que, con el tiempo, terminan cambiando tu dirección.

No porque hayan dejado de ser dolorosas.

Sino porque vos ya no sos la misma persona que las recibió.

Lo peor que podés hacer es anestesiarte

Cuando algo duele, tenemos una tendencia inmediata a buscar un paliativo.

Trabajo.

Fiesta.

Alcohol.

Drogas.

Sexo.

Compras.

Comida.

Redes sociales.

Cualquier cosa que permita no pensar.

El problema es que aquello que no mirás no desaparece.

Se acumula.

Y tarde o temprano aparece de otra forma.

En ansiedad.

En enojo.

En relaciones destruidas.

En decisiones impulsivas.

En falta de energía.

En una sensación extraña de vacío aunque, en teoría, tu vida esté bien.

Por eso hay dolores que no necesitan ser tapados.

Necesitan ser atravesados.

Transformar no es olvidar

Hay gente que cree que superar algo significa no sentir nada.

No.

Podés recordar algo y que todavía te duela.

Podés haber perdonado y seguir pensando que estuvo mal.

Podés haber aprendido y aun así desear que nunca hubiera ocurrido.

Transformar significa otra cosa.

Significa que aquello ya no gobierna tu vida.

Ya no decide cómo amás.

Ya no decide en quién confiás.

Ya no decide qué proyectos empezás.

Ya no decide cuánto disfrutás.

La experiencia queda.

Pero deja de ser una cárcel.

Quizás esa sea una forma de libertad

Para mí, vivir libre no significa que nunca te pase nada malo.

Eso no existe.

La libertad aparece cuando incluso frente a aquello que no controlás, todavía conservás la capacidad de elegir quién vas a ser después.

Tal vez no elegiste el golpe.

Pero podés elegir no convertirte en una persona amarga.

Tal vez no elegiste la pérdida.

Pero podés elegir valorar más lo que todavía tenés.

Tal vez no elegiste la traición.

Pero podés elegir aprender a poner límites sin dejar de amar.

Tal vez no elegiste el fracaso.

Pero podés elegir usarlo como información.

Eso también es libertad.

La próxima vez que algo te golpee

Probablemente vuelvas a preguntarte:

¿Por qué a mí?

Está bien.

Somos humanos.

Pero después de esa primera reacción, intentá agregar una segunda pregunta:

¿Qué viene a enseñarme esto?

Tal vez hoy no tengas la respuesta.

Tal vez aparezca en seis meses.

Tal vez aparezca dentro de cinco años.

Pero hacerte la pregunta ya cambia el lugar desde el que atravesás el problema.

Porque dejás de ser solamente alguien a quien le ocurrió algo.

Y empezás a convertirte en alguien capaz de transformar lo que le ocurrió.

No se trata de agradecer el dolor.

Se trata de confiar en que incluso de aquello que nunca hubieras elegido puede salir algo que te haga más consciente, más fuerte y más libre.

La desesperación pregunta: “¿por qué a mí?”

La conciencia pregunta: “¿qué viene a enseñarme?”

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