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Conseguiste todo lo que querías. ¿Por qué no sos más feliz?

Imaginate por un momento que sos astronauta.

Fuiste elegido entre miles de personas. Pasaste años preparándote, entrenando, sacrificando cosas y persiguiendo un objetivo que para casi todos parece imposible.

Hasta que un día estás sentado arriba de un cohete.

Despegás.

Y unas horas después estás mirando la Tierra desde el espacio.

Esa imagen que todos vimos alguna vez en una fotografía —los océanos, los continentes, esa pequeña esfera azul flotando en medio de la inmensidad— vos la estás viendo con tus propios ojos.

Llegaste.

Cumpliste un sueño que muy pocas personas en la historia tuvieron la posibilidad de vivir.

Y después…

tenés que volver.

Volvés a tu casa.
A tu familia.
A tu rutina.

Y aparece una pregunta bastante difícil:

¿Y ahora qué?

Cuando llegar tampoco alcanza

Hace poco escuchaba esta historia y me quedó dando vueltas porque, salvando las distancias, creo que a muchas personas les pasa algo parecido.

Durante gran parte de nuestra vida tenemos una montaña enfrente.

Queremos construir una empresa. Ganar dinero. Comprar una propiedad. Después otra. Invertir. Crecer. Tener reconocimiento. Darle seguridad a nuestra familia.

Y esa montaña nos da dirección.

Nos levantamos sabiendo hacia dónde vamos.

El problema es que algunos efectivamente llegan.

Un día mirás alrededor y te das cuenta de que construiste bastante de aquello que soñabas cuando tenías 25 o 30 años.

Tenés una buena situación económica. Patrimonio. Una empresa. Inversiones. Reconocimiento. Posibilidades.

Y, sin embargo, aparece una sensación difícil de explicar:

¿Esto era todo?

No significa que seas infeliz.

Tampoco que no valores lo que construiste.

Quizás simplemente empezaste a darte cuenta de que no querés pasar los próximos veinte años haciendo exactamente lo mismo que hiciste los últimos veinte.

La trampa de buscar otra montaña

Cuando durante toda tu vida aprendiste a conseguir cosas, la reacción natural es buscar inmediatamente otro objetivo.

Más dinero.

Otra propiedad.

Otro negocio.

Una empresa más grande.

Otro cero.

Y no creo que haya nada malo en querer más.

A mí me encanta crear, crecer, aprender, hacer negocios y tener nuevos proyectos.

El problema aparece cuando necesitás siempre el próximo objetivo para sentir que tu vida tiene sentido.

Porque entonces nunca llegás.

Siempre falta algo.

Y quizás un día descubrís que ya no estás construyendo porque realmente necesitás más.

Estás construyendo porque no sabés qué hacer si dejás de construir.

Quizás cambió la pregunta

Durante muchos años la pregunta fue:

¿Qué más quiero conseguir?

Y quizás esa pregunta te llevó muy lejos.

Pero llega una etapa donde puede aparecer otra mucho más interesante:

¿Qué quiero hacer con todo lo que conseguí?

¿Cómo quiero vivir?

¿Cuánto quiero trabajar?

¿Qué experiencias todavía quiero tener?

¿Qué estoy postergando?

¿Con quién quiero compartir mi tiempo?

¿Cómo quiero cuidar mi cuerpo?

¿Qué quiero aprender?

¿Qué puedo aportar?

¿A quién puedo ayudar?

¿Quién quiero ser durante los próximos veinte años?

Ahí, para mí, empieza otra etapa.

Del éxito al propósito

El dinero importa.

Te da tranquilidad, opciones y libertad.

Pero llega un punto donde otro cero en la cuenta no necesariamente te da más paz, más amor, mejores relaciones o más sentido.

Y quizás ahí empezamos a descubrir que una parte de la felicidad también está en aportar.

Compartir lo que aprendiste.

Ayudar a alguien que está unos pasos atrás.

Estar más presente con tus hijos.

Acompañar a otras personas.

Crear algo que tenga sentido para vos.

Dejar algo bueno después de tu paso por este mundo.

Quizás el éxito empieza a medirse de otra manera.

No solamente por cuánto acumulaste, sino por cómo viviste y qué hiciste con todo eso.

¿Y ahora qué?

Volvamos al astronauta.

Quizás después de mirar la Tierra desde el espacio el desafío no sea encontrar inmediatamente un cohete más grande.

Quizás sea volver a casa y preguntarse qué hacer con todo lo vivido.

A nosotros puede pasarnos algo parecido.

Después de tantos años construyendo, quizás no necesitás salir corriendo a buscar la próxima montaña.

Quizás primero necesitás mirar alrededor.

Agradecer.

Disfrutar.

Compartir.

Y preguntarte:

¿Cómo quiero vivir la próxima etapa de mi vida?

Seguramente haya nuevas montañas.

La diferencia es que ahora podés elegirlas.

No desde el miedo a parar.

No para demostrarle nada a nadie.

No porque nunca sea suficiente.

Sino porque realmente querés recorrer ese camino.

Después de aprender a construir, viene otro desafío: aprender a vivir y disfrutar lo que construiste.

Porque quizás el verdadero éxito no sea solamente llegar lejos.

Quizás sea que, cuando llegues, todavía tengas una vida que quieras vivir.

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