Tengo miedo a lo desconocido, pero cuando me relajo en ese medio, desciendo otro escalón en lo espiritual o terrenal también. Ese miedo que nos sucede tiene dos caras. Es el miedo a lo desconocido, donde te vas metiendo paso a paso, y también al conocido que te está abandonando. Todo lo que sabes de vos desaparece, y lo que aparece es algo que ni siquiera habías soñado, pero que siempre fue parte de tu ser, algo en lo que te tenías que convertirte.
Este ciclo va una y otra vez, y cada vez se hace más grande. Pero tienes que ir subiendo esas montañas y conquistando esas cimas. Porque, si no, ¿qué es la vida? El que para, pierde. Es como si cada montaña representara una nueva versión de vos mismo, un lugar desconocido que tenés que explorar para seguir creciendo. Al principio, algunas cimas parecen inalcanzables, pero cada paso que das, por más pequeño que sea, te acerca más.
Lo importante es entender que, en ese proceso, algo siempre queda atrás. Por eso sentimos como si algo dentro nuestro estuviera muriendo. Y está bien. Lo viejo debe morir para que lo nuevo pueda aparecer. Pero no hay que aferrarse a eso que ya cumplió su ciclo, ni cargarlo con nosotros. Hay que dejarlo morir, y cuanto antes, mejor. No podés acarrear con cadáveres, porque eso te pesa, te frena, te ata al pasado.
Es un arte soltar. Dejar lo viejo, abandonar esa realidad que ya no te sirve, y no aferrarte a antigüedades emocionales ni espirituales. Al hacerlo, abrís espacio para un futuro nuevo, mucho más bonito, mucho más eterno. Y lo más hermoso es que no necesitás preocuparte por el camino. Lo importante no es saber exactamente cómo será ese futuro, sino confiar en que está ahí, esperándote, y que cada paso que das, aunque parezca pequeño, te está llevando hacia él.
Imaginate que sos un explorador. Cada cima que conquistás es como descubrir un nuevo país dentro tuyo, lleno de paisajes que nunca habías visto. Pero si te quedás demasiado tiempo en una cima, todo se vuelve pequeño, monótono. La vida deja de expandirse. Entonces, tenés que bajar, cruzar valles, y empezar a subir otra montaña. Es un esfuerzo, sí, pero cada vez que mirás hacia atrás, te das cuenta de lo lejos que llegaste, de todo lo que creciste, y de que valió la pena soltar el miedo y avanzar.
Por eso, cada vez que algo viejo muera dentro tuyo, recordá que no es una pérdida, sino una transformación. Dejás atrás lo que ya no necesitás para dar lugar a lo que siempre estuvo esperando nacer. Y en ese proceso, descubrís que la vida no se trata de alcanzar una cima y quedarte ahí, sino de seguir explorando, subiendo, creciendo.
Al final, soltar no es renunciar, sino liberarte para ser quien realmente estás destinado a ser. Porque el que aprende a soltar y a avanzar, siempre encuentra un futuro más grande, más libre y lleno de posibilidades infinitas.

