Hay algo que aprendí con el tiempo: no todo tiene que estar planeado.
No todo tiene que tener un sentido lógico.
A veces, las mejores cosas de la vida llegan cuando te animás a soltar el control y simplemente… fluir.
Es como ese día que te levantás y sentís que no querés seguir con tu rutina. Que algo adentro te dice: “hoy no es por ahí”.
Y en lugar de forzar, aflojás. Te escuchás. Te hacés caso.
Eso me pasó un día que me fui a caminar por la playa, sin rumbo, sin celular, sin agenda. Terminé entrando a un café al que siempre pasaba de largo. Me senté, pedí un café, y terminé hablando con una persona que me compartió una idea que —sin saberlo— me cambió la forma de ver muchas cosas.
Y si ese día no me hubiera permitido frenar, nada de eso habría pasado.
No estoy diciendo que hay que dejar las responsabilidades ni vivir sin rumbo.
Pero sí creo que estamos tan atados a lo que “tenemos que hacer”, que nos olvidamos de escuchar esas pequeñas corazonadas.
Esa voz que te dice: “andá por otro camino”.
Aunque no tenga sentido. Aunque no esté en los planes.
Y lo loco es que cuando te das ese espacio, aparece lo que no esperabas.
Una charla. Una idea. Una persona.
Algo que te mueve.
Algo que te transforma.
Dejarse sorprender es un arte. No te sale de un día para el otro. Hay que practicarlo.
Porque soltar también da miedo. Nos enseñaron que si no estás haciendo algo “útil”, estás perdiendo el tiempo.
Pero ¿qué pasa si ese tiempo que te tomás para no hacer nada… es el que te cambia la vida?
Este texto se lo escribí a León.
Porque me encantaría que, desde chico, aprenda a confiar en su intuición.
A no tenerle miedo a lo nuevo.
A saber que está bien cambiar de rumbo.
Que está bien dejarse llevar.
La vida no siempre necesita estar controlada. A veces, lo mejor que te puede pasar… es no tener ni idea de lo que va a pasar.
Y eso, para mí, también es vivir libre.

