El otro día miré Coco, la película de Disney, y me quedé pensando en los ancestros. En todos esos que vinieron antes de nosotros, pero de los que sabemos tan poco. Yo, por ejemplo, conozco un poco de mis abuelos y algo de mis bisabuelos, esos que vinieron en barco desde Europa. Pero más allá de ellos, no sé casi nada. ¿Quiénes habrán sido? ¿Cómo habrán vivido? ¿Qué habrán soñado? ¿Qué los habrá llevado a cruzar el océano? Es una locura pensarlo.
Y ahí me cayó la ficha: en 50 o 100 años, a mí también me van a olvidar. La casa en la que vivo ahora tal vez ya ni exista, o la habrán demolido. Ese auto que hoy cuido tanto seguramente termine tirado en algún basural. Todo lo que hoy parece importante va a desaparecer o perder su valor. Entonces me pregunto, ¿realmente importa todo eso?
Ese mismo día, miré el documental de Bob Marley. Y ahí me agarró la otra cara de la moneda. El tipo vivió solo 36 años, pero dejó canciones que hoy son himnos, mensajes que siguen vivos, generación tras generación. Su música sigue sonando, sigue inspirando, sigue estando presente. Y pienso: ¿cómo lo hizo? ¿Cómo logró quedar para siempre?
Y ahí es donde me encuentro en el medio, buscando un equilibrio. Por un lado, aceptar que vamos a ser olvidados, que al final todo se transforma, se pierde o se olvida. Pero, por otro lado, también pensar que la vida es corta y que tenemos que jugárnosla ahora, porque esto es lo que hay. Este momento, este día, es lo único que tenemos seguro.
No creo que se trate de obsesionarnos con dejar un legado o ser recordados. Creo que tiene más que ver con vivir la vida de verdad, con coraje, con ganas, sin atarnos a lo que no importa. Si sentís que querés cambiar algo, cambialo. Si te dan ganas de hacer algo distinto, hacelo. No esperes, no te quedes quieto. Vivir libre es eso: animarte a ser vos mismo, sin miedo a lo que digan los demás ni al paso del tiempo.
Tal vez no todos tengamos que ser como Marley y dejar un legado que cruce generaciones. Pero sí podemos vivir como él vivió: con pasión, con intensidad, haciendo lo que nos hace felices y lo que nos mueve por dentro. Porque al final, no importa si el mundo nos olvida o si nuestras cosas desaparecen. Lo que importa es que, mientras estuvimos acá, vivimos con ganas, a nuestra manera, dejando que la vida fluya a través de nosotros de forma auténtica.
La casa en la que vivís hoy, en unos años será habitada por otro o demolida.
El auto que hoy amás y cuidás con esmero, será chatarra prontamente.
Los problemas que hoy te sacan el sueño, mañana ni siquiera estarán en la brújula de lo recordado.
Tal vez tus nietos recuerden tu nombre. Pero sus nietos, si no dejaste un legado fuerte, ni siquiera sabrán que exististe.
Por eso a veces pienso en escribirte este libro, León. Porque me habría encantado saber qué pensaba el aventurero de mi tatarabuelo cuando dejó Europa y se subió a ese barco que lo llevó a otro continente. Qué sintió al ver desaparecer su tierra en el horizonte, al pisar un suelo nuevo, al empezar desde cero.
Tal vez nunca pueda responder esas preguntas, pero sí puedo hacer algo distinto: dejarte estas palabras, este testimonio, este puente entre nuestro tiempo y el que viene.
Porque al final, no somos dueños de las casas en las que vivimos ni de los objetos que atesoramos. Lo único que realmente poseemos es la historia que vivimos y el impacto que dejamos en los demás.
Y tal vez, si esas historias logran viajar en el tiempo, si pueden ser leídas por aquellos que aún no han nacido, entonces habremos encontrado una forma de no ser olvidados del todo. Una forma de seguir viviendo, más allá del tiempo.

