León, viste cuando vos me ves preparar la moto. Cuando armo los bolsos, los coloco con cuidado, preparo los gatos, me pongo el traje, las botas, limpio el casco, reviso el aceite, la cadena… Y me preguntás:
—Papá, ¿a dónde vas?
Y yo te digo que me voy a viajar unos días en moto. Que te quedes tranquilo, que te voy a mandar fotos, que te voy a contar por dónde ando, y vos te quedás mirándome, curioso, sin entender del todo por qué me gusta tanto hacer eso.
Bueno, quiero contarte por qué lo hago. Para que cuando seas más grande y tengas tu propia pasión, sepas que detrás de todo eso que te mueve, hay algo más profundo.
Viajar en moto es salir de la rutina. Es dejar por unos días el ruido de todos los días y conectarme conmigo. Sentir el viento, el sol, el frío, el cuerpo. Pensar, no pensar, respirar distinto. Cada curva es una sorpresa, cada pueblo un mundo nuevo, cada momento tiene algo para enseñarme.
No hay horarios, no hay apuros. Solo el camino, lo que voy viendo, lo que voy sintiendo. Paro cuando quiero, duermo donde puedo, y todo se vuelve simple. No necesito mucho más que eso.
Pero más allá de la moto, lo importante es lo que eso significa: libertad, aventura, descubrir, confiar en uno mismo. Eso es lo que busco cuando viajo. Y eso es lo que quiero transmitirte.
Seguramente, cuando crezcas, vas a encontrar tu propia pasión. Puede ser la música, el deporte, los viajes, lo que sea… Lo que te haga sentir vivo. Y cuando lo encuentres, seguí ese impulso. Porque cuando uno hace algo con el corazón, todo vale la pena.

