Había días en los que me despertaba con una sensación de asfixia. No era física, era algo más profundo, como si estuviera atrapado en una vida que ya no sentía mía. Me decía: “Este trabajo, esta gente, estas rutinas… ya no las soporto. Quiero mandarlo todo al carajo”. Y entonces miraba mis ahorros y me hacía la misma promesa: “Puedo vivir un tiempo tranquilo, sin esta presión, y descubrir qué sigue”.
Pero ahí mismo, casi como un reflejo automático, aparecía el miedo. ¿Y si no encuentro el camino? ¿Y si no soy capaz de arrancar de nuevo? ¿Y si fracaso? Era como estar al borde de un precipicio, listo para saltar, pero con una cuerda invisible atándome al suelo. Esa cuerda se llamaba zona de confort, aunque ya no tenía nada de cómoda.
El tiempo pasaba. Volvía a acomodarme en esa vida que ya no quería, pero que al menos conocía. Y entonces el ciclo empezaba de nuevo: cansancio, frustración, ansiedad, el deseo de cambio… y el miedo. ¿Cuántas veces repetí ese bucle? Perdí la cuenta.
Hasta que un día me di cuenta de algo. El problema no era el miedo, porque el miedo siempre está ahí, esperando en cada esquina. El problema era que yo no confiaba. No confiaba en mí, en el universo, ni en la idea de que al soltar lo que ya no sirve, algo mejor puede llegar.
Ese día, en lugar de quedarme paralizado, decidí enfrentarme a esa voz que siempre me frenaba. Me senté conmigo mismo y escribí una pregunta: ¿Qué es lo peor que puede pasar si salto? Y debajo, una respuesta: Que me equivoque, que no funcione, que tenga que empezar de nuevo.
Pero luego escribí otra pregunta: ¿Y qué es lo mejor que puede pasar si salto? Y ahí las respuestas fluían: Que encuentre algo que me apasione, que descubra una nueva versión de mí, que viva en paz.
De pronto, entendí que no se trataba de eliminar el miedo. Se trataba de dar el salto a pesar de él.
Este proceso nos va a pasar muchas veces en la vida, porque uno avanza, crece, evoluciona, pero también se estanca y tiene que subir al siguiente nivel. Esa parte es la conflictiva: romper el techo y subir al otro piso. No es algo que ocurra una sola vez; es constante. Y cuanto más arriba llegamos, más duro se vuelve romper el siguiente techo. Pero ahí está el verdadero crecimiento, en ese esfuerzo por seguir subiendo, aun cuando parece imposible.
La vida siempre nos pone frente a elecciones. Algunas son pequeñas, casi automáticas. Otras son como pararte al borde de un abismo, donde el salto parece aterrador. Pero en el fondo, lo único que nos detiene es nuestra propia mente, nuestra falta de fe.
Soltar no es fácil, pero es necesario. Y cuando finalmente te animás, cuando decidís confiar, te das cuenta de que no había abismo. Solo un puente invisible que estaba ahí, esperando que dieras el primer paso. Como la película de indiana jones.
Un ejercicio para confiar y soltar
Visualizá tus cadenas
Cerrá los ojos e imaginá todo lo que te ata en este momento: el trabajo, las personas, las responsabilidades, el miedo mismo. Visualizalos como cadenas pesadas que llevás en el cuerpo.
Ahora imaginá que esas cadenas se rompen una por una. Sentí cómo te liberás de su peso.
Escribí tus miedos y tus deseos
En una hoja, escribí todo lo que te da miedo al soltar: el fracaso, la incertidumbre, la opinión de los demás. No importa si parecen irracionales, anotá todo.
En otra hoja, escribí todo lo que deseás al dar el salto: libertad, felicidad, nuevas oportunidades.
Hacé un plan para saltar
Pensá en un paso concreto que podés dar hoy para acercarte a esa nueva vida. Puede ser tan simple como investigar algo que te interese, hablar con alguien que te inspire, o guardar una pequeña parte de tus ahorros como “fondo de libertad”.
Aferrate a un mantra
Cada vez que sientas que el miedo te paraliza, repetí en voz alta: “Confío en mí, confío en el universo, confío en que todo va a estar bien”. Repetilo hasta que lo sientas como verdad.

