Hoy me siento tranquilo.
Agradecido.
Sorprendido por lo mágica que puede ser la vida.
Estaba sentado en el jardín de mi casa, en Roldán.
Mirando los árboles. Están enormes… pero los plantamos nosotros.
Mirando la casa, terminada. Aunque la veía en todas sus etapas, en todos sus frentes, en todos sus colores.
Miré el quincho, la pileta, algunos rincones.
Y los vi transformarse de nuevo, pero esta vez adentro mío.
Y pensé en el proyecto de Uruguay.
En cómo empieza a gestarse también desde lo invisible.
Desde las ganas, desde la visión, desde los primeros pasos que ya saben hacia dónde van.
Y me di cuenta de algo: esta casa no la disfruté como podría haberla disfrutado.
Porque mientras la estaba construyendo, yo también me estaba construyendo.
Y en ese proceso… uno no siempre se da cuenta.
Está ocupado, absorbido, con el foco puesto en avanzar, en hacer diferencia, en armar algo que lo sostenga.
Muchos te dicen:
— “Hay que disfrutar más.”
— “Hay que laburar menos.”
— “No vale la pena tanto lío.”
Y tienen razón.
Pero también es cierto que, para llegar a esa tranquilidad que hoy tengo, tuve que atravesar la incomodidad de no tenerla.
El disfrute no siempre viene primero.
A veces, viene después de construir lo suficiente como para frenar sin miedo.
Hoy sé que si no salgo a laburar mañana, no pasa nada.
Porque hay algo que armé, que me respalda.
Un capital que no es solo plata. Es estructura. Es visión. Es vida armada.
Y cuando llegás a ese punto, algo en tu mente cambia.
Es como si por fin pudieras respirar diferente.
Y creo que después de eso… viene el gran salto.

