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La certeza del futuro y la paz del presente

Pensaba hoy algo que me parece clave y que, cuando lo entendés, te cambia la forma de vivir.

La mayoría de las personas vive con la cabeza llena de futuros posibles.

Mil escenarios distintos dando vueltas todo el tiempo.

“Vamos para allá…

pero si pasa esto…

y si pasa lo otro…

y si me desvío…

y si sale mal…”

Eso nos saca energía.

Nos saca foco.

Y, sin darnos cuenta, nos vuelve locos.

Es como salir en auto hacia un destino, pero ir todo el viaje pensando:

  • “¿Y si pincho una cubierta?”
  • “¿Y si se rompe el auto?”
  • “¿Y si me cortan la ruta?”

Todo eso puede pasar.

Es parte del camino.

Pero el problema no es el imprevisto.

El problema es no tener certeza de adónde vas.

Cuando sabés a dónde vas, todo cambia

Ahora imaginá otra cosa.

Imaginá que baja Dios —o en lo que vos creas— y te dice con total claridad:

“Quedate tranquilo.

Dentro de 20 años vas a ser la persona que querés ser.

Vas a ser próspero.

Vas a tener salud.

Vas a estar fuerte, atlético.

Vas a vivir bien.

Vas a tener tu familia, tu libertad, tu vida.”

Si vos tenés esa certeza, todo cambia.

Porque ya sabés el final de la película.

Entonces, si hoy emprendés algo y te va mal, no lo vivís como una tragedia.

Decís:

“Ok, esto pasó porque tenía que aprender algo.”

Si un negocio falla, no te destruye.

Si algo se demora, no te desespera.

Si aparece un problema, no te victimizás.

Porque vos ya te viste en el futuro.

Y cuando sabés quién vas a ser, lo que pasa en el medio deja de tener un peso negativo y pasa a ser parte necesaria del camino.

El otro escenario: quedarse como estás

Hay otro ejercicio que me gusta mucho hacer.

En vez de imaginar 20 futuros distintos, imaginar solo uno más:

¿Qué pasa si me quedo como estoy?

La verdad es que, muchas veces, no es tan terrible.

Hoy tenés tus dos piernas.

Tus dos manos.

Tenés salud.

Tenés un techo.

Tenés oportunidades.

Hay millones de personas con historias mucho más duras que la tuya.

Entonces decís:

“Bueno, esto es lo peor que puede pasar: quedarme más o menos igual.”

Y desde ahí, apuntás alto.

Sin ansiedad.

Sin desesperación.

Sin vivir mirando resultados todo el tiempo.

El ejercicio del futuro

Me encanta imaginarlo así:

Aparece el DeLorean.

Te subís.

Viajás 20 años al futuro.

Y te ves.

Te ves viviendo en la casa que soñaste.

Viajando.

Con tu familia bien.

Fuerte físicamente.

Corriendo carreras.

Surfeando.

Con tus motos, tus autos, tus barcos.

Haciendo negocios relajado.

Viviendo libre.

Lo ves claro.

Volvés al presente…

y automáticamente te relajás.

Porque ya sabés quién sos en ese futuro.

Entonces pasa algo:

  • Te duele el hombro → “Esto va a pasar.”
  • Te estafan → “Esto también es parte del camino.”
  • Algo no sale → “No pasa nada, sigo.”

Nada te tumba.

Fe, energía y sentido

Algunos a esto le dicen vibración.

Otros le dicen energía.

Otros le dicen fe.

Otros le dicen Dios.

En el fondo, es lo mismo.

Cuando empezás a vibrar desde esa certeza, tu cabeza cambia.

Tu cuerpo cambia.

Tu forma de interpretar lo que te pasa cambia.

El religioso dirá:

“Dios quiso que esto me pase para hacerme más fuerte.”

Otro dirá:

“Esto tenía que pasar para alinearme.”

Da igual el nombre.

El camino es el mismo.

Vivir sin boicotearse

La clave, una vez que te viste en ese futuro, es no boicotearte en el camino.

No ponerte en víctima.

No quedarte en el “¿por qué a mí?”

No cargar de drama lo que es aprendizaje.

Porque cuando tenés la certeza de quién vas a ser,

nadie te puede sacar del eje.

La invitación

Por eso creo que es tan poderoso hacer este ejercicio.

Sentarte en silencio.

Sin celular.

Sin ruido.

Un rato por día.

Imaginarte.

Sentirlo.

Verte caminando por la playa.

Viajando.

Riendo.

Viviendo libre.

Hasta que el cuerpo lo siente.

Hasta que aparece esa paz.

Esa plenitud.

Esa luz interna.

Ese es tu futuro.

Y cuando lo tenés claro, el presente deja de ser una carga

y pasa a ser un disfrute, pase lo que pase.

Eso, para mí, es vivir libre.

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