El poder de caminar sin destino
Nací en un barrio muy humilde. Mi entorno era muy humilde. Mis vecinos, mis compañeros… nadie tenía demasiadas aspiraciones. Lo máximo que se podía esperar era terminar la secundaria, quizás hacer algún terciario y conseguir un buen trabajo. En todo el monobloc solo había un universitario: el padre de mi amigo y vecino, que era médico, y para todos nosotros era como el dios del barrio. No había conversaciones profundas, no había grandes sueños. Lo que me despertaba curiosidad eran los libros que encontraba de mi mamá, o las cosas que ella me iba comentando.
La secundaria fue igual. La mayoría de mis compañeros quedaron atrapados en esa matriz: alguno con un buen laburo, otros en la droga, otros presos. Uno o dos pudieron progresar. Y yo, en ese contexto, fui encontrando mis primeros logros a través del deporte.
Era bueno jugando al básquet, al fútbol, y con el canotaje tuve logros importantes que me dieron autoestima, poder, confianza. Eso me fue empujando. Y también el deporte me abrió puertas: me conectó con otra gente, con otras realidades.
Yo vivía en el lado humilde, pero siempre miraba del otro lado, del lado de la avenida para el lado del río, donde estaba la gente que más tenía. Siempre me gustaron esas chicas, esas casas, ese estilo de vida. Y el deporte me fue llevando a meterme un poco más ahí.
Conocí un grupo de chicos más grandes que yo que viajaban en kayak, que habían hecho Rosario-Río de Janeiro, que viajaban en bici. Eso me voló la cabeza. Ahí surgió mi sueño de cruzar los Andes en bicicleta.
Y a los 18 años lo cumplí: crucé los Andes por el paso más alto, Aguas Negras. Salí en la televisión, en los diarios. Esa hazaña deportiva y mental me dio una confianza enorme. Después viajé a dedo por toda la Patagonia con amigos. Y de ahí en más vinieron muchas otras cosas.
Con el tiempo recorrí toda Latinoamérica, estudié, armé una empresa, me fundí, armé otra y me fue muy bien. Pude comprar varias propiedades, tener casas, autos, motos, viajes por Europa, por el Caribe… Y todo eso lo hice con mi fuerza, con mi disciplina, pero también con algo más: una fuerza superior. Llámalo Dios, Universo, energía, Luke Skywalker… pero sé que estuvo ahí.
Sería muy mentiroso de mi parte decir que lo logré todo solo. No. Hubo magia. Hubo suerte mezclada con trabajo, pero hubo magia. Y yo la sentí siempre.
Claro que también me equivoqué. Antes de los 30 ya había conseguido mucho, y esa fuerza impulsora que me llevó tan rápido también me mareó. Escuché a la gente equivocada, empecé a vivir con miedo a perder lo que había generado. Estaba más pendiente de mantenerme que de avanzar. Y eso me estancó. También confié en gente que no debía, me estafaron, perdí negocios y dinero.
Hoy estoy en otra etapa. Ya no me mueve el dinero, ni la casa propia, ni el auto, ni los viajes. Eso ya lo hice, ya lo tengo, sé que puedo volver a hacerlo. Hoy busco otra cosa: propósito.
Y ahí empieza la incomodidad. Porque cuando tenés un destino claro, aunque te digan que el viaje dura cien días, sabés que si vas derecho vas a llegar. Pero cuando no tenés ese horizonte, es como salir en moto sin saber a dónde vas. Vas, vas, vas… con lluvia, con sol, con tormenta, caminos lindos, caminos feos, y no sabés dónde carajo estás ni cuándo vas a llegar. Y tu cabeza se empieza a nublar.
¿Por qué? Porque iba con un propósito, pero también iba sin un propósito. Y cuando vas sin propósito no sabés para qué carajo vas. Durante mucho tiempo yo le pedí a esas fuerzas que siempre me habían acompañado, y sentía que me habían desconectado. Hoy me estoy volviendo a conectar de nuevo. Y entendí algo: no me van a mostrar a dónde voy hasta que yo no genere fe nuevamente.
Así que camino. Camino cuidando mi cuerpo con entrenamiento y ejercicio. Camino cultivando mi mente con lectura, con disciplina mental. Camino con espiritualidad, acercándome a esa energía, a Dios, al universo. Camino con mi familia, estando pendiente de que estén bien. Camino con mi mujer e hijo. Camino con mis amigos que me entienden, y con los que no me entienden también: los abrazo igual, los quiero igual. Pero sigo caminando.
Camino sin un rumbo financiero claro, con incertidumbre, porque no sé a dónde voy. Pero tengo señales. Una señal clara es que me tengo que mudar a Uruguay. No sé por qué, pero lo siento hace tiempo. Otra señal es que hoy no debo pensar en el dinero, sino en transformarme en mi mejor versión.
Porque una vez que me convierta en mi mejor versión en todos los aspectos, ahí voy a encontrar mi propósito. Ahí voy a traer realmente lo que es mi camino.
Siento que ya pasé mi etapa de Torre de Babel, la de construir y generar estabilidad. Ahora estoy en otra etapa: la de buscar propósito. Y aunque todavía no tenga la certeza de cuál es, sé que cuando llegue la señal fuerte lo voy a reconocer.
Mientras tanto, sigo caminando.

